Bus de Medianoche

El trayecto será más largo de lo que quisiera, por tanto no me interesa saber exactamente  cuántas horas o cuántos kilómetros tendré que recorrer para llegar al destino. Es medianoche, hace frío, los pasajeros se preparan para el viaje, espero a que todos suban primero, me es imposible no sentir que algo de mí estoy dejando aquí, repaso en mi mente todos los momentos asegurándome de no haber olvidado nada. Pero es inútil, todo hace ya parte del pasado, de un pasado sin glorias, todo lo vivido fue ya entregado a un silencioso olvido y traer al presente eso que se descubrió con el mismo vigor resulta un esfuerzo sobrehumano para nuestras débiles memorias. ¿Qué recordamos? ¿Qué debe sucedernos en la vida para que nuestra memoria retenga cada instante ileso del paso del tiempo y de la melancolía? O será simplemente que el olvido es el mecanismo que usa la conciencia para obligarnos a vivir en el presente?  Pero no, me rehúso a olvidar, al menos eso que me ha hecho sentir la vida pulsando en la punta de mis dedos. Por la ventana sólo se ve el reflejo de las luces sobre la carretera mojada, una que otra luz escondida en la montaña, no hay luna, no hay estrellas, no hay afuera, sólo un adentro con un tiempo propio que vaga entre el pasado y el futuro, una esfera de tiempo que es todo menos lo real, las señales del presente pasan desadvertidas para nosotros que constantemente confundimos lo que ha sucedido con lo que ha de suceder. Lo recuerdo entonces, recuerdo la circunstancia, el humo, la proximidad de nuestros cuerpos, su voz, mis manos, recuerdo cuánto él lamentaba la imposibilidad del humano de situarse en el momento presente, se lamentaba talvez de su propia condición. Percibo en su voz el terror que le provoca la idea de vivir en lo sucesivo, es como si hubiera visto el futuro, su futuro, y no le ha gustado eso que ha visto. Amenazado por su propio destino, ha preferido volver al presente, para vivir sin anticipación alguna. Una ráfaga de viento frío que se coló por la ventana me saca de su recuerdo. Pero entonces no es pasado, es presente al recordarlo, pero un presente moldeado por mí misma y que carece de propiedad. Siento en el fondo de mis oídos el tono de su voz, pero no la estoy escuchando, es como si se hubiera quedado atrapada allí, como un eco lejano. Creo recordar su rostro, primerísimos primeros planos cuadro a cuadro, pero su forma física no está frente a mí. El bus frena abruptamente, los pasajeros se despiertan con el golpe, el conductor enciende las luces del pasillo; es el presente que reclama lo suyo con toda la agresividad de su misma relatividad. Abro los ojos para darme cuenta que estaba viviendo otra vez en el pasado. En un pasado muy mío y muy suyo. Sin embargo me descubro en mi propia ingenuidad y en la mismísima nada: todos estos recuerdos no añoran un pasado, sino un futuro, un futuro que no obstante me parece ya haberlo vivido. Aún siendo la primera vez que lo veía, su mirada no me era nada desconocida, se me hizo clara y llena de brillo, y en un instante de libertad logré soñarlo todo en un flash forward fugaz. Lo recuerdo soñándolo en un futuro. Ahora no tengo nada, más que estos pensamientos, una extraña sensación se cierne sobre mí. Algo que es pero que no está. Mi padre cuándo recuerda a su padre, cuando se ve a sí mismo al espejo y descubre en su mirada los genes de su padre, siente que él aún vive, cuando en mí reconoce el mismo calor en la mirada, sabe que será eterno, tanto él, como su padre y el padre de su padre. El cálido soplido de la historia sobre la nuca. Pero esta eternidad no se alcanza solo, necesita de la otredad en busca del mismo fin. Un fin que se rastrea, que se caza, que vibra en el fondo de las pupilas como un instinto primario. Antes de encontrarlo no tenemos nada, sólo la búsqueda, las señales, el olfato, la memoria y la imaginación, para llegar allí y desenterrar del pasado nuestro propio futuro. El bus se mueve a toda velocidad para alcanzar su destino, corre contra el amanecer. Yo sigo despedazándome en pequeñísimos recuerdos, dejándolos regados por el camino, como quien deja una huella quizá.

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