Una Forzatura

Él, aún en su forma animal, camina en medio de la selva con el sentimiento de defensa vibrando sobre su piel. Ojos rápidos y atentos, oído agudizado, pies listos para correr, intuición activada. Se desliza por los pabellones del lugar, temeroso de hacer ruido, se funde con su entorno para engañar al enemigo, está listo para la guerra. Avanza a paso veloz y decidido, determinado, dispuesto a retar todos sus límites. Se esconde tras los árboles, sospecha la presencia de alguien que lo sigue en silencio. Voces y campanas de otras dimensiones lo distraen, lo aturden, lo atemorizan, pero convencido de luchar continúa. Falta poco para que caiga la noche, la gente no se distingue entre la humedad del ambiente y lo angosto de los callejones, una silueta se dibuja en la distancia, quieta. Nuestro hombre la observa desde lo oscuro, escondido en el pórtico de un bar histórico. El barista se percata de su presencia y desde la barra presiente que algo extraño está pasando. El sujeto comienza a acercarse lentamente, él lo mira de abajo a arriba tratando de reconocer sus facciones, sin embargo una rara condición mental, una especie de distorsión, no le permite enfocar el rostro, registrar los detalles. Una descarga eléctrica le paraliza el cuerpo mientras el sujeto se acerca, quiere correr pero sus piernas no logran despegarse del suelo, mira a todas partes buscando un cómplice, se gira y allí está el barista, quien con una mirada indiferente rehúsa cualquier compromiso. Inunda el pánico, el tiempo viaja a un cuadro por segundo y nada pasa. El sujeto lo apabulla con la mirada, el hombre se acuclilla. El sujeto ya está tan cerca que se puede sentir el calor de su cuerpo, su olor, su aliento. Habla sin mover los labios y sin emitir sonido, las palabras no son los códigos usados. Él hombre petrificado, se descubre completamente desnudo en un espacio conocido pero que no tiene forma, la forma está en segundo término y muta constantemente, es el mundo que subyace entre las grietas que dejan las partículas, allí se desarrolla todo, no importa cuán diminuta o enorme sea la grieta, es al fin de cuentas, la misma y única grieta universal donde nada debe concretizarse, dónde  un concepto no necesita ser emitido para ser expresado, no hay temor o duda: no hay desenlace, solución o problema; todo pulsa al unísono buscando una forma tras otra, un material tras otro, un nombre tras otro. Millones de espermatozoides serpentean como cualquier otra corriente eléctrica buscando el contacto justo para continuar con el camino… espermatozoides conscientes de su misión. Vidas que se encienden y corren hacia la tierra. El hombre sin moverse, no puede esquivar la mirada de su interlocutor, sus ojos están clavados en el resplandor cuadrado de la ventana del bar que se vislumbra en los ojos del sujeto, que al mismo tiempo parece ser la entrada hacia esa otra dimensión. El hombre se hace consciente de esto, logra traspasar una de las enormes paredes que separan lo etéreo de la grieta del mundo tangible, y vuelve en zoom out enfocando al barista que no ha dejado nunca de mirar. En ese momento, su propio yo volvió a la situación, su mente retomó el control de su cuerpo, recordó quien era y lo que hacía allí, recordó el miedo y la indiferente actitud del barista un momento atrás, recordó cómo comenzó todo.  Levanta nuevamente la mirada para, en un último intento, reconocer al sujeto. Demasiado tarde. No hay sujeto, no hay árboles, no hay selva, sólo un viejo callejón con olor a humedad y una noche sin estrellas. El hombre se levanta del suelo, se sacude, respira varias veces tratando de normalizar el ritmo de su corazón, y así tratar de comprender lo que acaba de suceder, mira su reloj pero no logra distinguir la hora, no hace caso.  “Un whisky no me caería nada mal”

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