La hora del silencio

Un grupo de hombres se reúne todas las noches en la esquina de mi casa. Mi ventana está cerca de esa esquina. Todas noches cuando estoy en cama a punto de quedar dormida, los hombres comienzan a hablar, sus palabras son indescifrables, utilizan la voz baja, así como un acento musical y veloz que envuelve las frases. Algunas veces cuando están alegres cantan y ríen. Cada tanto los perros de la cuadra se comunican, corren por la calle, cuidan el territorio. Los gatos maúllan como niños fantasmas. Los árboles se mecen retorciéndose y rozando sus hojas. Un televisor de sonido eléctrico se oye en tercer plano sonoro. Detrás de todos estos sonidos, el eterno zumbido de la electricidad, sea un aire acondicionado o una nevera, o los mismos postes eléctricos. La banda musical de la noche siempre es una salsa antigua. La casa de madera de la esquina es el espacio perfecto para que indígenas, negros, marineros, blancos, se encuentren a comentarse de manera casual las aventuras de sus vidas. Voces de razas distintas, palabras de lugares ajenos, todas confluyen en la superficialidad de la oralidad. La noche se rompe con los fuertes truenos que las motos que pasan por esta callejuela descargan a toda velocidad. Las mujeres gritan histéricas acariciadas por el vibrar de la motocicleta, el cabello les vuela entre las ráfagas de viento, se agarran al conductor en un derroche de adrenalina y sexo. Un recién nacido se despierta con el rugir de los motores, llora queriendo sacar de su cuerpecillo su alma nueva. Los niños más grandes juegan con pólvora en la mitad de la calle sin asfalto, triki traki, se le llama en mi ciudad a las pequeñas pastillas de pólvora que estallan al frotarlas contra el suelo. Un anciano camina lento observando a los pequeños, saluda a los marineros, los perros se le acercan y le acompañan, el lento caminar de sus pasos llega hasta mis oídos como un ruido que pesa en la conciencia, el lejano futuro que a veces se presenta como una triste fatalidad. La noche no para, y aquí me encuentro, en silencio, en mi habitación, detrás de la ventana, estando sin estar, observando en la oscuridad y con los ojos cerrados cuánto pasa en esta esquina de este pequeño pueblo de mar…. Poco a poco las motos comienzan a hacerse menos frecuentes. Una madre furiosa llamó a los niños a dormir. El anciano llegó a su casa y se llevó con él a los perros del vecindario. Las mujeres fueron llevadas a sus lujuriosos destinos y ahora gritan lejos de mi calle. Los hombres de la esquina, uno a uno tomaron rumbos distintos, y ahora sólo queda uno silbando una lenta melodía. El recién nacido volvió a meter su alma en su pequeño cuerpo. La salsa se fue a bailar a otro lado. Los gatos fueron a buscar comida a los basureros. La electricidad se fue, y con ella se llevó al aire acondicionado, a la nevera, al poste de la luz. La brisa acaricia suave los árboles y arrulla el vecindario. Sigo en la oscuridad hundiéndome en la madrugada, olvidando que fuera de mi cuerpo existe sonido alguno, todo lentamente comienza a desaparecer. Desciendo a las profundidades de mi alma en busca de un silencio total. Pero éste no existe. Dentro de mí, los pensamientos que fluyen en forma de palabras retumban como ecos de antepasados fallecidos, el sonido de mi voz se repite en mi mente como un loop eterno y maquiavélico. Los recuerdos dolorosos lloran sin descanso. La ira y la impotencia gritan en mi estomago. Los remordimientos caminan con pasos pesados por encima de cualquier voluntad de paz. Entonces busco más adentro, con la intención de desconectarme del ruido, pero descubro un ritmo que retumba en las oscuras profundidades de un inmenso mar de sangre, un ritmo que nunca se detuvo. Allí comienza la música. Allí comienza la vida, con un sonido que se abre paso entre los líquidos de las entrañas. No habrá silencio hasta el día de la muerte. Hasta el día que el corazón no pare de bombear.

3 Respuestas a “La hora del silencio

  1. Qué poderosidad tan absoluta.

    Escribir, bella Alma Negra.
    Para no caer en la “superficialidad de la oralidad”.

    Gracias por darnos esto.

  2. I somehow ended up at this page, reading this… And I just wanted to say thanks for sharing, it is beautifully written. I don’t know if it was intentional, but a sense of longing permeates through your words – I would guess that you no longer live in the place where you grew up. I sometimes think it’s funny that happiness is a far away land, but when you’re far away, it is home.

    Merry christmas 🙂

    • Thanks for your comment. In this moment is significant for me reading something like this from a person I don’t know. Yes, at this time I’m not at home, you were right. Thanks again. Happy end of the world.

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