Sagra dello Stinco

Si algo saben hacer los italianos es comer, han aprendido entre guerras e inviernos duros a satisfacer sus estómagos siempre con un toque de distinción y sibaritismo, nada muy distinto del tener un hermoso cuadro adornando la sala, o escuchar una buena canción, o incluso farsi una bella scopata (echarse un buen polvo).Satisfacer ciertas necesidades básicas –sí, el arte es una necesidad básica- con gusto y estilo. El antipasto, el primo, el secondo, el contorno, el pan, agua y vino, el dolce, el caffe y el amaro. El momento de la comida es un ritual donde todos se sientan en la mesa, hablan, comparten, ríen, cantan, ingieren diversos tipos de alimentos, pero siempre bajo el manto de la ceremonia. Con el pasar del tiempo las reglas de la mesa también se han refinado, reglas sencillas de cordialidad que permitan el libre y tranquilo transcurso de la serata. Podemos hablar también de la exquisita variedad de platos que existen en la gastronomía italiana, variedad que cambia entre pueblo y pueblo, marcada por la historia particular de cada zona y sus alimentos nativos. Negar que lo disfruto sería una mentira, lo disfruto, y mucho. Espero con avidez la hora del almuerzo o de la cena, conservo mi hambre para degustar con extremo placer los manjares de este pueblo. Recientemente estuve en la Sagra dello Stinco e della Birra en algún pequeño pueblo de la Liguria del cual ya no recuerdo el nombre, en todo caso no era importante, lo importante era, en efecto, la comida. Música de pueblo, serpentinas, guirnaldas, viejas en vestidos de flores, hombres en pantalonetas, jóvenes con ropas extrañas, todos riendo y bebiendo entorno al éxtasis de la vida comunitaria, pero no la vida comunitaria de los días aburridos, estamos hablando de la vida comunitaria de la fiesta,  la vida comunitaria donde las vecinas que normalmente se miran con recelo se juntan para dar de comer a cientos de visitantes a quienes deberán atender con esmero.

Así transcurre la noche en medio del ambiente festivo con los últimos aires cálidos del verano. La fila para comprar la comida es larguísima. Entre tanto hablamos con una cerveza en la mano. El cuerpo está contento, sabe que su hambre esta noche será bien saciada, entonces resiste. Después de 30 minutos de fila buscamos algún sitio para comer, pero todos comen y beben, no hay lugar para tanta gente. Un joven vestido de abejita sexy pasa a frente a mí con una caja en la mano, sus amigos lo reciben con aplausos en la mesa, abre la caja y extrae su contenido. Uno de los amigos se lo rapa de la mano, encuentra un boquete y comienza a inflar. Al cabo de un rato una enorme muñeca inflable de tetas enormes, culo pronunciado y un enorme hueco en la boca, hace su aparición, los jóvenes estallan de júbilo, al parecer se están divirtiendo. Justo en esa mesa veo un par de asientos para mí y mis amigos. Ahora a esperar. Los ancianos y los niños que trabajan en el evento están a millón sirviendo a los comensales. Pasan dos horas. La abejita y sus cómplices ya se han marchado, las mesas comienzan a desocuparse. Todavía quedan algunos hambrientos como nosotros que esperan su ración. El vino es por el momento nuestra única distracción, hemos acabado las charlas y las risas, sólo pensamos en nuestras hambres. Con el estomago pegado a las costillas y la segunda botella de vino casi por terminarse aparece una de las mujeres voluntarias de la fiesta cargada de platos, platos enormes con carne de cerdo, polenta, papas, quesos, focaccia. La felicidad. Comamos hasta que se acabe el mundo! Todo, todo lo que se pueda!

L’ingordizia. El estomago se me revienta, el corazón bate más rápido y más fuerte, le cuesta fatiga metabolizar todo lo que he comido. Respiro profundo tratando de oxigenar mi cuerpo para tan dificultosa tarea. Mareo. El vino, cazzo, el vino. Cuánto vino. Demasiado. El helado, el café, el amaro. Lo stinco! Un enorme pedazo de cerdo. El mundo que da vueltas. Fue demasiado. Demasiado de todo. Me dirijo al baño conciente de que debo expulsar el excedente. No hay alternativa, sobrepasé mis límites. Es como si no supiéramos cuándo parar, cuándo es razonable detenerse, cuándo hemos satisfecho nuestros deseos; la delgada línea entre lo justo y la demasía. Y es que cuando tenemos en nuestras manos la posibilidad de tener todavía más de lo que ya tenemos pareciera imposible no poder detenerse, incluso sabiendo que eso de más que podemos tener no nos hará más felices de lo que ya tenemos, pero no, no importa, igual lo queremos. Como cuando sabes que la borrachera ha alcanzado su climax y de todos modos sigues tomando. Como cuando te echas un polvo sin sentir ni siquiera el deseo de hacerlo, pero te lo echas aún sabiendo que te sentirás una basura después de haberlo hecho. Nunca es suficiente. 2 es mejor que 1, y 500 mejor que 234. Pero recordemos que 1 es mejor que nada. Pareciera también que se nos va la vida tratando de tener más, más amantes, más viajes, más pares de zapatos, más reconocimientos, justamente porque lo hemos tenido todo siempre… pero claro, también nos aburre tener todo siempre, entonces queremos no aburrirnos y atiborrarnos de todo lo que esté en nuestro alcance. A fin de cuentas, no hemos sido parte de quienes no quieren “más” sino lo justo, lo básico, lo único. Y luego nos veo, a nosotros occidentales, leyendo libros, yendo a seminarios, haciendo retiros espirituales de miles de sectas orientales distintas para aprender a rechazar todas las comodidades con las que hemos sido mimados y que tanto trabajo nos da abandonarlas, o solo, la idea de abandonarlas.

Afortunadamente existe el vómito.

(y ésta será otra historia)

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