Por la tarde

Génova. Observo las construcciones del gran puerto. Poleas. Barcos. Contenedores. Carros. Todo detenido. Todo gris. Me proyecto como una turista que 500 años más tarde visita este lugar como quien hoy en día visita las ruinas de Machu Pichu. Muchos de los artículos que por estos tiempos llegan a esta ciudad portena  desde la China, aún se mantienen intactos. Los contenedores están marcados con banderas diversas, que recuerdan un planeta-gente todavía dividido. Se puede ver dentro de las oficinas, se conservan los archivos y las cuentas solo con un poco de polvo en los bordes, pero el contenido está ahí impreso en negro sobre blanco. Nítido. Todo está basado en los números, el peso, la cantidad, el costo. Grandes bodegas abandonadas, silencio, metal corroído, vidrios rotos. Comprendo entonces que nuestra modernidad poseerá algún tipo de belleza especial, como quien visita hoy los campos de concentración nazis, una belleza triste. En un tiempo nuestros descendientes vendrán a observar y analizar esto que hicimos, la gran telaraña gris que construimos sobre el verde. Vendrán a sentir la melancolía de ese momento en el que el ser humano se separó de si mismo para convertirse en esclavo de un engranaje mayor al servicio del material: La Modernidad. La industria y la era digital. Me detengo frente a un enorme ventanal, veo mi reflejo, un reflejo duro, azul, lejano del tibio reflejo de las formas en el agua. El alma queda atrapada en los bordes de la ventana, enmarcada en estas construcciones austeras, pobres, grises, carentes de encanto, hechas para su objetivo más específico.

Cercanos a la zona industrial, bloques enormes de cemento, para dar de dormir a los trabajadores.  Nunca dejan de impactarme estos condominios que lograron encerrar al ser humano, habitaciones de 3×3 (con un poco de suerte), cielos bajos, ventanas pequeñas, el sistema nos obliga a alejarnos de la naturaleza, ellos saben que es peligroso: podría despertar nuestros instintos mas primitivos. Es fácil observar cómo  hemos permitido lentamente y casi sin darnos cuenta que nuestro mundo físico y mental se vuelva cada vez más pequeño y más cuadrado, más pequeño y más cuadrado. Un ejemplo claro y básico que se me viene en mente: la milenaria actividad de filosofar mientras se defeca, ha quedado reducida a la banal distracción de leer las instrucciones de la lavadora, o los componentes químicos del shampoo. Lo hemos permitido. Es claro que existen aquellos pequeños revolucionarios que en su campo personal hacen lo posible para no dejar que se se les enladrille el cerebro, sin embargo somos parte de un todo del cual cada uno de nosotros es responsable. Al caminar por el puerto abandonado, veo las maquinas detenidas y veo como ahora en cambio todas andan hasta el cansancio, hacen el trabajo de 100 hombres o más, son una extensión del ingenio del hombre pero al mismo tiempo su mayor limitante. Todos los viejos que levantaron a sus familias con el trabajo manual todavía guardan una dignidad que solo ofrece el sudor. Recuerdan cada una de las máquinas que una por una fueron invadiendo sus cultivos, sus calles, sus casas. Hoy, paradògicamente, se lamentan de la llegada del “progreso”. El gran puerto es un cementerio de abortos de robots. Chatarra. Basura. Pesos muertos.

Nuestra humanidad ahora carga la cara de ese señor que se sienta en el bar todas las tardes. Espera algo, algo que le cambie la vida. Su boca no es la de antes, sonriente y cándida, ahora es una línea horizontal inmóvil. Sus ojos no guardan el brillo de la juventud, su brillo fue absorbido por la luz artificial. Los recuerdos alegres quedaron en el pasado. De cuando eramos creativos y amantes de lo bello, de la alegría. La cara de nuestros adultos carece de todo. La frustración de quien se ha cansado de fingir que aún sigue viendo un horizonte que posiblemente nunca ha existido. La satisfacción personal relegada a la adquisición. La tristeza de sentirse dispensable, aunque lo seamos. Sólo basta llegar a una cierta edad para que nuestros sueños sean aplastados por la homogeneidad. Acá en el gran puerto los hombres no dejaron huella de su dignidad, de sí mismos. Quedan los números, las sumas, las restas, sin nombres. Un día alguien vendrá a visitar estas futuras ruinas, y serán las grandes estructuras de metal corroído a contar qué fue lo que nos sucedió.

3 Respuestas a “Por la tarde

  1. Decìa el poeta menor:
    “nuestra epoca pasò de los campos de exterminios
    al exterminio de los campos”

    y es cierto.

    Pero no veo un desastre en todo
    en esta epoca de ignorancia politica y religiosa
    hay quien sigue siendo alegre, creativo, VIVO.

    Y no creo que se pueda extraNar esta epoca falsoromàntica
    en la cual el trabajo de las manos lo significaba todo.
    Si por algo sirven estas màquinas
    es justamente para permitirnos ser alegres, creativos, vivos.

    Asì que……..

  2. Ah, me encantó. Gracias por compartirlo.

  3. No creo que las máquinas hayan sido creadas para permitirnos ser alegres, creativos y vivos. Obedecen a otros intereses.

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