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Pasan mil cosas y tengo la cabeza a millón. Son días raros… es la luna, es el mundo, es el universo, es el 2012. La gente comienza a ponerse loca y rara, nosotros nos comenzamos a poner locos y raros. Días de vértigo. Veamos las noticias: Hoy un chico estudiante de neurociencia mató a 12 personas creyéndose un villano de comic; Los mercados no creen en España; Primera terapia génica en el mundo es aprobada; Rebelión indígena en Colombia; Fraude en México; Guerra en Siria; Sequía en EEUU; Kim Kardashian tiene el mejor cuerpo… podríamos seguir.  Estamos llegando al ahorcamiento del sistema, a ese futuro desventurado del que tanto hablaron los grandes intelectuales de nuestra era, el momento en el que la razón y la dialéctica iban a acabar con ese misterioso nexo que nos une al cosmos. El momento en el que el hombre iba a dejar de reconocerse como siempre lo hizo, para comenzar a banalizar los sentimientos, incluso los más nobles. Este tiempo en el que nos vemos obligados a aborrecer cualquier moralismo porque no se acopla a este mundo pragmático compuesto de engranajes, del cual ya no somos los inventores sino una simple pieza, y debemos actuar como tales, como piezas carentes de poder e ingenio, donde el hombre sensible ya no tiene cabida. Nos hemos vuelto roca ante el sufrimiento del otro, el problema de la humanidad, de este colectivo que somos, ya no es nuestro, de “nuestro” ya no hay nada.

La competencia por la sobrevivencia, que se reduce a la competencia por el dinero, no dejan espacio a la fraternidad y la solidaridad, palabras que de sólo escribirlas me generan cierto escozor, demasiado cursis para estar todavía pensando en ellas, añorándolas. Somos tantos que corremos hacia algún tipo de “puerta” metafísica que nos va a sacar de este pedazo de tiempo, como a la salida de un partido de fútbol multitudinario o de un vuelo de 8 horas, todos queremos salir afanosos, algunos se caen y mueren aplastados por la masa, los demás estamos ahí presionando al de adelante y siendo estripados por todos los que vienen detrás.  El mundo ya no nos necesita como individuos y menos en un planeta que ha sobrepasado los 7 billones de humanos, no valen ya nuestras palabras o sueños o sentimientos, son sólo gritos que se pierden en un espacio sin eco. Creer que podemos desviar el camino es una mera ilusión. La historia se va escribiendo sin nosotros. Sucumbimos, como diría Sabato, a la imposibilidad de toda meta y al fracaso de todo encuentro. Es la verdad. Es, por lo menos, mi cotidianidad. Ya no es tiempo de creer en lo sublime, en la conexión sincera con el otro, el frenetismo de estos tiempos nos tiene a todos perdidos, atrapados en un universo duro y enigmático. Es normal que cada día desfallezcamos física, psíquica y espiritualmente.

Entonces observo como una señal de desespero esa afanosa búsqueda de un “algo” espiritual que llene este vacío que ha dejado el materialismo en nosotros. Abundan las nuevas sectas, el recrudecido fanatismo en los milagros, los occidentales que se dejan obnubilar por los ritos de oriente. Vivimos un vacío de humanidad que nos duele a todos en el pecho, y contra el cual creemos que no podemos hacer nada. Veo con tristeza la fatiga de las luchas sociales, el cinismo de los poderosos, la dureza del establecimiento, el radicalismo de algunos pocos valientes. Y los que flotamos en el medio tratando de hacer lo mejor para lidiar con nuestra propia existencia. La maldita idea de la libertad que nos persigue (o que perseguimos?) como un fantasma arcaico. Finalmente siempre me encuentro en este limbo que subyace entre la reflexión lógica y los quehaceres diarios del mundo carnal al que todos pertenecemos. Los valores de la humanidad, esos de los que hablaban los griegos en sus mitos, hoy en día son justamente eso, imágenes de dioses remotos.

Lo curioso de toda esta historia, y donde quisiera creer que hay alguna esperanza, es que pareciera que todos somos concientes de esto. Todos. Parece que sabemos dentro de nosotros que algo terrible va a suceder. Como un instinto colectivo primario, como el de las hormigas o los elefantes. Y ante esta posibilidad estamos viviendo como en un frenesí. Veo cómo por ejemplo la gente que siempre vivió en países fríos busca desesperadamente vivir en el trópico, y viceversa, los del trópico creen que en los polos fríos es mejor la vida. Veo también que mucha gente trata de hacer todo lo que no hizo antes. Veo otros que se han sumergido en la ligereza, en el no pensar, en el poner la mente en blanco y dejar que el cuerpo se las arregle como pueda. Otros en el seguir la señalización del sistema. Otros en el hallar la felicidad en lo que ofrece el mundo material. Pero en cualquiera de los casos preferimos no hablar de ello, cualquier trivialidad sirve para evadir el problema, y dentro de “trivialidad” cabe todo lo que no es real. Como si hubiéramos hecho el pacto de avanzar sin preocuparnos mucho por el asunto. Es lo mejor que podemos hacer?

Y acá estamos, herederos de un destino bastante complicado, con una tierra que agoniza, con una plaga de seres humanos en la miseria, olvidados de quienes somos y de aquella meta que solía llamarse con el nombre de felicidad. El tiempo que se pasa imperceptible, la presión de los millones de niños que nacen cada día, la rabia de los viejos y la responsabilidad que tenemos en nuestras manos los jóvenes de hoy, que buscamos desesperadamente una alternativa, una respuesta, pero vagamos por ahí en un mundo que no nos brinda ninguna satisfacción. Aquí estamos viendo con nuestros propios ojos esta bomba de tiempo que va a estallar pronto. Son días locos para todos. Tenemos una historia.

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