Una noche en Boston

Querida amiga:

Ve, estoy algo mal, en mi propia forma. Sólo puedo hablar esto contigo que eres, no sé porqué, la única que tiene acceso a mi oscuridad. Acabo de hacer algo totalmente ilógico, y perfectamente lógico a la vez, y no siento absolutamente nada, solo que algo se va desmoronando en frente mío. Me siento entumecido, como en un cuarto oscuro pequeño y frío con gotas de ácido que caen distantes y lentas y que queman, que queman como palabras, y que no puedo hacer nada más que esperar allí mientras el ácido penetra el cemento de mi cabeza. Podría decirse que así son los pensamientos que pasan por mi mente en estos momentos. Flashes de ácido. Imágenes, olores, recuerdos, palabras, sensaciones que no logro comprender, que caen en forma de gotas de ácido fluorhídrico. Veo cosas terribles ocurrir, justo frente a mis ojos, pero esas tragedias no me tocan, las veo desde la distancia, aunque estén tan cerca de mí, aunque sean tal vez mis propias tragedias. Mi tragedia es esta, entender que me he distanciado del sentir, del probar en carne viva los calores de nuestro nexo con el otro.

Ayer la vi llorar. Ella es alegre y tierna, y me lo está ofreciendo todo sin tapujos. Yo trato de amarla sin pensar en el mañana. Miento. Trato de hacerla sentir amada. No, no la amo. Sin embargo, me entrego a ella, a sus ilusiones, a sus risas, también a sus vacíos y penumbras, lo hago porque me gusta verla sonreír, porque una mujer sonriente me hace creer en la magia. Entonces sé que todo finalmente lo hago por mí, por eso que ella me da, por cómo me siento al verla reir, pero no sólo a ella, sino a la mujer, a todas esas que se roban mi atención en el bulevar. Las atenciones y la cortesía nacen de mí naturalmente, soy siempre yo, las escucho con atención y trato por un segundo ser el príncipe que todas sueñan en lo más profundo de sus corazones infantiles. Sabiendo perfectamente que también desean al macho viril, aquél que las debe desvestir con furia, hacerlas temblar de lujuria, ese que saque de ellas el calor de sus ovarios. Y cuando todo eso pasa, y pasa sinceramente, ellas entregan su corazón. Un corazoncito maleable y calientito con olor a hierbas. Yo lo alimento, lo baño, lo acaricio, duermo con él. Pero siempre llega lo inevitable, después de un periodo, puede ser una semana o un verano, entiendo que no lo quiero, que exige demasiado cuidado, y yo que no amo, que solo juego, no siento la fuerza para dedicarme a él con el cariño y la paciencia que requiere. Definitivamente algo se ha roto en mí, me veo a mi mismo desde el tercer ojo y me quedo helado al verme hace un rato dedicándole palabras de amor que repentinamente ya no tienen valor. Están por completo fuera de este tiempo, de este nuevo orden de sentimientos.

Decido devolverle su corazón, pero ella no lo quiere, es como si no supiera qué hacer con él, desea que alguien más se lo cuide y lo moldee. Devolverle el corazón ella lo entiende como un desprecio, como si ese regalo tan valioso que ella me ha dado no tuviera significado para mí, cree que su corazón es poca cosa, que eso que creyó tan importante y que pocas veces entrega yo simplemente lo rechazo sin más. Lo que ella no entiende es que soy yo el incapaz, el que no está a la altura de un corazón de mujer, el que no ha entendido lo importante que es ese gesto femenino, el de entregar. Ellas, madres por naturaleza, hayan en la entrega su máxima gratificación, entregan en silencio (como Sophia Loren en el film de Scola Una giornata particolare) y todas sin excepción esperan que alguien reconozca el valor de su entrega. Y no es la primera vez que una mujer me entrega su corazón, y no es la primera vez que me siento incapaz de quererlo. Pero, el olor a mujer y ese coraje con el que hablan en la primera cita, me hacen olvidar lo sensibles que son. Se muestran tan frías, fuertes, inteligentes y distantes que me enloquecen, se hacen ver como un castillo de roca imposible de penetrar, como la fruta más jugosa en la rama más alta del árbol, y yo, que soy curioso y niño, tengo la irremediable necesidad de entrar al castillo, de beber de ese néctar dulce. Y entonces me decido a batallar contra ella, uso todo mi ingenio para llegar a la cima y alcanzar la fruta y con el veneno de la ambición y el egoísmo corriendo por mis venas y la excitación que produce el alcanzar una nueva meta, la muerdo sin pensar, la muerdo sediento de victoria. Y ya es demasiado tarde, derrumbé sus murallas, escalé por sus difíciles ramas, ella se ha entregado. La desperté de su letargo. Entonces cree que el destino le ha sonreído, que esta vez tuvo suerte, que alguien se tomó el trabajo de luchar por su amor, pero para su desdicha sólo se encuentra con el niño que jugaba a alcanzar su objetivo y que ahora debe ir en busca de uno nuevo. Siento que se me encogen los testículos.

Y llega lo peor. El llanto. Ella llora desconsolada, sintiendo toda su vulnerabilidad en la garganta, tratando de recordar a su madre cuando le decía de niña “no dejes que un hombre te vea llorar”. Yo la veo sentado en el sillón como quien observa una tormenta desde la comodidad del hogar. Y no lo voy a negar, yo me siento ajeno a ese llanto, no lo siento propio, no puedo fingir unos ojos comprensivos y apresurados a sanar, sino que se mantienen gélidos, inmóviles. Ella me llama insensible, y la verdad es que yo reconozco esa insensibilidad dentro de mí. Ella llora queriéndome hacer sentir miserable y desagradecido, pero no puedo evitar sentir todo lo contrario, que he ganado una batalla más y que ella ha perdido. Que estoy en una posición de poder. Que el balón está en mi cancha. “Por favor no seas frágil. No te quebrantes enfrente mío” le digo con un aire de suficiencia. Ella me mira en silencio con los ojos hinchados y llenos de dolor. Para ella estoy despreciando su llanto, su pasión y eso la desespera aún más. Y de pronto al verla así tan vulnerable y pequeña, logro verla trágicamente hermosa. Genera en mí un sentimiento extremo que se confunde entre la pasión, el amor, la fatalidad. La mujer sublima la belleza cuando llora, la lleva a otro nivel, a la belleza del dolor. Recuerdas a la niña que lloraba por su madre en Saló y que resultaba conmovedoramente erótica? Un nivel de emoción que no logro sentir y que envidio de las féminas. En ellas veo cómo todo adquiere súbitamente la capacidad de salirse de su orden lógico para ajustarse a un caos afectivo, nada está en el sitio en el que nuestras mentes normalmente acomodan las cosas, cuando los impulsos nerviosos e inquietos de nuestros espíritus rompen las cadenas de la razón y se desordenan, todo después se acomoda en esos pequeños espacios donde el alma es más receptiva. Yo observo esto como un espectador, no poseo esa capacidad de moverme de mi cómodo yo (en el sentido freudiano) para entregarme a esa zona de nuestra humanidad donde la dialéctica pierde el control y sólo nos queda el absurdo…que es finalmente, el absoluto.

Todo esto sucedió anoche 14 de Julio, día en el que ella cumplió 24 años, (Imagínate qué flor!) después de haberle hecho el amor tres veces sin parar, sólo para demostrarle lo buen amante que soy, el hombre que ella necesita, el hombre que ella siempre soñó, para dejarla satisfecha… pero he vuelto a engañarla, era otra vez mi egoísmo jugando a la pasión.  Ah! Me siento excesivamente terrible, decepcionado conmigo mismo, y lo transmito. Le dije que no la merecía en este momento de mi vida. Y es de verdad lo que siento. Sin embargo me siento triste al recordar que ya he dicho estas palabras un par de veces más y luego he huido cobardemente con una medalla al mérito por haber alcanzado el corazón de otra mujer. Es una sensación extraña, el sentirme un poco como un cascarón de mi mismo, sin poder alcanzar a mi propio ser. Y no comportarme como tal con ella. Todo lo que ha visto de mí ha sido sólo un cascarón, un holograma que he creado de mí mismo donde reflejo al amante perfecto, que escucha, besa, acaricia, habla, sonríe, copula. Pero que esconde a este idiota que es capaz de verla deshacerse con ojos de hielo. Siempre suficiente, con la soberbia que me da el expiar mis tragedias y mis vacíos personales a través del llanto de otra persona, y no de mi propio llanto. “En 15 minutos pasa el último tren” Le dije, aún con el orgullo de querer ganar la discusión. Ella se ha ido en silencio con la cabeza gacha, como si hubiera perdido su propia dignidad, con esa última soledad de la que hablaba Sabato, la del amante sin su amado.  Ahora estoy solo en casa tratando de comprender todo lo ocurrido. Y  he logrado tocarme en mi propio sexo. De toda esta tragedia romántica sólo me queda una fuerte fatiga espiritual. Un dolor concentrado en el glande. Toda esa masculinidad de la que alardeaba ha quedado reducida a nada, pero no me lamento, por el contrario, el acongojo me oxigena, me recuerda quien soy en mi parte más privada. Me hace retornar a esos tiempos en los que me quedaba dormido bebiendo leche tibia que mi madre producía exclusivamente para mí.

Vuelvo al país la próxima semana. Te abrazo con el pensamiento.

D.R

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