Algo que robé por allí

Cami está dormido en un viejo colchón sucio. Un colchón sencillo de rayas azules y blancas, ya está deformado de tanto uso, trozos de espuma salen por algunos agujeros, unas grandes manchas marrones se extienden por la tela. Cami es enorme. Es un hombre grande. Desde el lugar de donde lo observo él está de espaldas a mí, en posición fetal, recogiendo sus largas piernas para que quepan dentro del colchón. Usa sus brazos como almohada y así acomodar su cuello. Cami está desnudo, cubierto sólo de la cintura para abajo por una delgada y roída sábana azul. En su espalda se distinguen un par de tatuajes, uno en las cervicales en forma de triangulo o flecha con la punta señalando a su cabeza, el otro en el hombro derecho es una esvástica rara, deforme, con sólo tres puntas. Cami no se mueve. Respira lento. Sus pulmones de gigante se llenan poco a poco como absorbiendo todo el aire de la estancia. Su cabello largo está húmedo, de su cuello caen algunas gotas de sudor que ruedan lentamente hasta hundirse en el viejo colchón. Verlo ahí con toda esa existencia suya tan vasta, dejándose caer pesada sobre una pequeña superficie rota que parece hacer un gran esfuerzo para sostenerlo, resulta conmovedor. Su humanidad de pronto se hace pequeña y frágil, aunque él inspire todo lo contrario, que nada puede contra él.

La brisa golpea con fuerza los vidrios de las dos ventanas que hay en el recinto. A través del polvo que hay en las ventanas se puede distinguir una playa de mar grisáceo y arena opaca, nubes cargadas anuncian tormenta, pero detrás de ellas todavía logra distinguirse el sol. Debe ser medio día. Sin embargo el golpeteo de las ventanas y el crujir del techo no despiertan al gigante. Parece estar sumergido en un profundo letargo. Camino explorando el lugar, pero tratando de no hacer ruido, la madera del piso está vieja y resuena con cada paso. A pesar de la tormenta que se avecina, el calor arrecia, sale del suelo, ha calentado todo, la tierra, los cimientos de la casa, el mar, la atmósfera, la piel. La lluvia no se presenta como un ente amenazante, sino como una promesa de frescura. Entre más me acerco a Cami, puedo detallar que de su espalda brotan pequeñas gotas de sudor, algunas se hacen pesadas y caen por inercia. Un par de moscas revolotean por la casa, tratan de salir por las ventanas, se golpean, zumban, se cansan, desaparecen, vuelan, se posan sobre Cami, pero éste ni las siente. El colchón sobre el cual yace nuestro amigo, está en el medio del salón. Cerca de la cabeza de Cami, un viejo radio de pilas AA, al lado su ropa llena de arena, unas sandalias viejas de cuero, un reloj de pulsera que marca las 12:36, un chocolate derretido y lleno de hormigas, un elástico para el cabello. En una esquina del salón un botellón de agua contiene la última gota. Ahora que me he acercado lo suficiente al gigante veo en su brazo derecho un tatuaje con forma de corona y en el hombro un signo de igual. Entre su pecho parece guardar algo con recelo… una pera. Él no se percata del mundo exterior, ni de mí presencia, no existo. Me siento frente a él, lo observo, trato de respirar a su ritmo, pero es demasiado lento y siento que me ahogo. Para él, transportar oxígeno hasta cada una de sus células es un proceso más prolongado, su sangre recorre largas distancias para llegar a cada uno de los rincones de su cuerpo. De su frente brota el sudor. Con delicadeza muevo su cabello hacia atrás para liberar la frente. Suavemente soplo aire a su piel. Al observarlo así fijamente, de pronto se vuelve pequeño, cuando duerme los rasgos de su cara dejan de ser rasgos de gigante, de hombre rudo y grande, para descubrirse precario, vulnerable, como cualquier otro. Allí acurrucado apretando una pequeña pera verde entre sus brazos como si fuera su único tesoro.

El reloj ahora marca las 12:47. La brisa no golpea como antes. Todo ha quedado en silencio. Cami hace un pequeño movimiento con el entrecejo, lo frunce, como quien tiene un mal sueño. Vuelve a calmarse. Se relame los labios secos. Y sigue profundo. Con cuidado deslizo mis manos hasta la pera, la tomo, le doy un mordisco y vuelvo a colocarla donde estaba con un movimiento suave. Está fresca, dulce y jugosa. Una gota de fructosa se escapa de mi boca. Abro un poco las ventanas para ventilar el ambiente. Cami siente la diferencia y con un movimiento rápido se cubre un poco más con la pequeña sábana. Sin hacer ruido me levanto, vuelvo a observarlo en plano general desde arriba. Me despido de él en silencio. Vuelvo a mi posición inicial y desaparezco. No sé cuándo despertará. Si sintió me presencia, creerá que ha sido sólo un sueño.

No! Es cierto… cuando despierte verá la marca de mis dientes clavada en su pera.

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