Who cares about the character? You don’t have to explain it to me. I don’t have to explain it to you.

Me fascinan las casas antiguas. Hoy tuve una cita con una chica en una casa en el centro de la ciudad, un oasis de buen gusto y comodidad en medio del caos metropolitano y el mal gusto arquitectónico del capitalismo moderno. Casas grandes, rodeadas de un inmenso jardín con fuentes y flores de bellos colores, paredes coloridas y fuertes, contrarias a las paredes de cartón de los departamentos de hoy, un techo alto que brinda una bella sensación de grandeza. Entré caminé por el sendero de piedra que atraviesa el jardín, subí cuatro escalones de piedra e ingresé a un espacioso porche predecesor de una magistral puerta de leño grueso y oscuro remachada con hierro oxidado pero firme. La puerta estaba abierta. Hace unos años el dueño tuvo que venderla para pagar deudas e irse a un departamento pequeño en los barrios nuevos de la ciudad, la casona fue comprada por un árabe que puso allí dentro un restaurante de comida barata. Así que entré a la casa y caminé sigilosamente admirando la belleza de cada uno de los detalles del techo o las lámparas, o el piso, o el mismo diseño del lugar. La luz cálida de las lámparas iluminaba todo de una forma especial como si incluso estuviese estado pensado también eso. Los salones gigantes que permanecían vacíos y oscuros, detrás de una puerta o en el fondo de la casa, y que no hacían parte de la zona habilitada para el restaurante, eran toda una tentación erótica. La oscuridad, el frío, la luz que entra por la ventana desde la calle, la lluvia, y esa sensación que emana la casa de pertenecer o estar en otra época, resultan ser, en flashes eléctricos, verdaderos momentos de lujuria. Incluso sin tener que elegir una pareja; el momento lo es todo. Vuelvo a ubicarme en el restaurante, camino buscando la cara de mi amiga mientras exploro este nuevo lugar, observo la gente, y el menú, al mejor estilo latinoamericano, súper colorido, mal hecho y de mal gusto, que ofrece todo tipo de frituras y jugos, es sin dudas el contraste (la sacada de onda) más violento de la casa. Bueno, eso o el indígena que me atiende vestido como joven gringo empleado de mc donald’s. Al fondo del salón, reconozco a mi amiga, sola tomando una cerveza, casualmente a unas tres mesas cerca de ella hay un chico también solo que bebe una cerveza. Y en otra mesa grande hay un chico también solo. Me recuerda ese pensamiento que tengo cada día que voy donde el chino vegetariano donde suelo almorzar, montones de mesas vacías con gente sola y vacía que busca distanciarse lo más que pueda del otro. Cada vez que entro y veo las mesas vacías y las personas solas, contemplo la opción de sentarme a almorzar con alguno de ellos, sin embargo nunca lo hago, prefiero aislarme en la seguridad que me da mi pequeño mundo, mi barrera invisible que me protege de una situación de riesgo, al mismo tiempo pienso que de pronto esas personas necesitan estar solas y prefiero no molestar. Ella me sonríe. Me agrada su sonrisa, me tranquiliza. Me siento a su lado. No puedo evitar notar cuánto me agrada su vestimenta, pero sobre todo su cabello corto negro. Me encantaría tener su cabello, me da una agradable sensación de libertad. No tener que volver a peinar nudos en el cabello. No tener que sufrir el frío de lavárselo y esperar a que se seque. Y todavía, por debajo de esos detalles prácticos, está el significado que tiene para la vida de una mujer, en ciertas culturas, de cortarse el cabello, así como para los hombres es el dejarlo largo. Un acto de rebeldía, aunque hallan cuestiones de vanidad muy válidas, como el considerar si nos gusta cómo va con nuestros rostros, o cuerpos, o estilos. Gente a la que no le va bien el afro, o el bigote, o las rastas, simplemente por sus características físicas. De pronto tenemos que encontrar un acto de rebeldía que sea suficiente para nosotros y para el cual nosotros también debamos ser suficientes. Ella se ve bella con el cabello corto. Recuerdo esa otra chica que se usa unos expansores gigantes en cada oreja, le van muy bien con sus facciones aztecas y sin duda gritan “soy rebelde”. Recuerdo, a propósito, a ese amigo mío que habla siempre del papel o personaje que queremos representar en este gran teatro que es la sociedad, de seguro tiene alguna relación con estos símbolos estéticos, quisiera sólo entender hasta qué punto tenemos el poder de elegir a nuestro personaje y hasta qué punto nuestra naturaleza nos define arquetípicamente.  Alguna vez escribí en este blog “En el teatro de la sociedad, los mejores actores tendrán los mejores papeles y podrán ser famosos y aclamados, pero son los silenciosos pensadores quienes escriben la obra y se esconden tras el gran telón” Para que la obra de la sociedad funcione y sea interesante debe existir una dramaturga o dramaturgo que se concentre en guiar la historia. Mi pregunta real es qué tanto queremos ser caras conocidas, actuar, hacer contacto con los demás. Personalmente prefiero mantenerme fuera del escenario… en lo posible. Me acerco a la mesa y me siento. Y comienza la charla de mujeres, un torrente de emociones y confirmaciones que el sexo opuesto jamás podrá ofrecer. Hablo de dos mujeres con empatía. Nos interesamos la una en la otra, desdeñamos del mundo, de la vida y del amor. Nos reímos de nuestras tonterías, nos burlamos la una de la otra y de nosotras mismas. Lloramos un segundo y luego nos miramos y nos reímos. Todo esto en los primeros minutos del encuentro. Sacamos todo. Luego prendemos un cigarro, miramos algún punto en la nada y nos olvidamos de todo. Catarsis. Veo en sus ojos la satisfacción y seguramente ella la ve en los míos. Afortunadamente ella y yo coincidimos en muchas concepciones, muchas, desde la más banal hasta la más profunda. Y esto también reconforta. Salimos juntas del lugar luego de un par de cervezas, lágrimas y silencios. Llovía. Abrimos el paraguas, nos abrazamos y comenzamos a caminar, los carros nos bañaron, metimos los pies en los charcos, nos mojamos las medias, le gritamos “imbécil” a un par de tipos morbosos por la calle, y nos reímos de todo eso. Nos despedimos en la parada del autobús. Es hora de volver a casa, tengo los pies mojados.

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