Celsius

El sol. No? No es una buena forma de comenzar a escribir? En realidad puse mis manos sobre el teclado y salió así, luego leí y me asombré de lo que había escrito. Pensé en borrarlo. Pero cuando llegué a la “s” mis dedos se quedaron congelados. Puede alguien vivir sin sol? No, bueno salvo algunas especies de las profundidades del océano.

El sol quema la piel, arde, duele, con un poco más de tiempo Nuestro protagonista podría, literalmente, fritarse bajo el sol, el agua casi termina, la ropa apesta y la humedad la hace pesada. La vida que se reduce a un mero dolor físico, nada más importa, el peso de los años sobre la espalda finalmente es lo único que duele, para ese dolor no hay filosofía, no hay tiempo, no hay lamentos existenciales, sólo desesperación, esa de la vida que duele en las plantas de los pies. El sol no para, no se cansa, no entiende de sufrimientos ajenos y en el paisaje sólo queda nuestra propia sombra para tratar de refugiarnos muy humildemente en nuestros pequeños egos artificiales –una redundancia?- . Los árboles se han extinguido, la brisa no refresca, no trae consigo gotas de rocío. El agobio. El extremo calor que te absorbe todos los líquidos, te seca, te chupa la sangre, la conciencia, incluso el alma, la desintegra, evapora las pequeñas gotas de líquido que son nuestras almas. Es como el cansancio después  de un largo día de playa, el sol tiene el poder de achicharrarnos, aniquilarnos. A veces incluso, por la luz intensa y el calor, no nos deja ni pensar, y la noche siempre llega como un alivio.

Recostado en una roca, después de haber caminado por algún tiempo, sin saber si han sido horas, días, años o sencillos minutos, el cansancio le había aniquilado las neuronas, resultaba un duro esfuerzo pensar con claridad, el sol lo era todo desde las 6:30 AM y las 6:30 PM y la reacción natural del cuerpo es querer cerrar los ojos, el problema es que cuando cerramos los ojos y al interior de nuestros párpados sólo vemos juegos de luces y colores, la mente tiene que trabajar todavía más para poder sobrellevar la situación. Así que  quiso recordar otros tiempos, ubicar su mente y su cuerpo en alguna otra sensación, y la primera imagen que vino a su mente fue la de aquella noche en la que por primera vez se reconoció en su soledad. Antes, hasta ese momento, todas las veces que estuvo solo, huyó de sí mismo, pensó en la practicidad de la vida para no tener que recordar que vive dentro de alguna identidad, de algún tipo insignificante y solo que nació como muchos otros y morirá como otros todos. Y es que a veces conforta el sentirse sólo una pequeña molécula que vive en su órbita entre miles de millones de otras moléculas, el anonimato, el “todos estamos en el mismo viaje”. Pero cuando la individualidad del cosmos personal manifiesta su inmensidad, comienza la crisis, la crisis eterna, la incertidumbre y la penumbra. Por un instante trató de conservar ese flashback el mayor tiempo posible, pero fue inútil, después de un rato también se consume. Hiperrflexia, divagación, otra vez pensamientos existencialistas.

Hasta antes de ese momento había estado sentado durante mucho tiempo, cómodamente, satisfecho y sano, con todo el tiempo del mundo para pensar, para vagar, enojarse, llorar, sufrir, reír, escribir miles de palabras, tomar millones de fotos, cambiarse varias veces de ropa. Sin interesarse en la vieja y boba pregunta del para qué. Bajo el calor y la luz del sol, no hay muchas posibilidades de pensar, la vida te agobia tanto que el pensar resulta un lujo. No es en vano que la inteligencia nació en un clima más agradable. En el calor los pensamientos también se evaporan, y pensar se convierte en un vagar continuo y con los pensamientos y las revelaciones o la falta de las mismas, siempre llega la angustia. El protagonista es conciente de esto, así que comienza una lucha de su mente contra su cuerpo y la sensación térmica. Siempre vio que los monjes, yogas y demás orientales podían hacerlo, así que siendo su última esperanza comenzó por tratar de aplacar lo más urgente: el calor. Comenzó a imaginar primero la frescura, un viento de colores azul y verde que se acercaba en forma de rocío que se posaba suavemente sobre su piel. Por momentos al inicio, luego por periodos más prolongados. Parecía que lo estaba consiguiendo realmente, imaginar que el calor no existe y que el mundo exterior es completamente ajeno a nuestro mundo interior, parece que logró deshacerse del calor que lo agobiaba y ahora la frescura comenzaba a posarse sobre sus poros. Pero de pronto todo se hizo frío, helado. Tan frío que recordó cómo fue que llegó a aquél desierto, y había sido justamente tratando de imitar a esos monjes que meditan y que secan las sábanas mojadas con el calor del cuerpo, y así poder darse calor en estos días de frío en la montaña. Recordando un poco el sol.

(El personaje continúa saltando de un clima a otro)

Una respuesta a “Celsius

  1. y si fuera posible pensar tan intensamente para llegar a controlar los sueños?
    y si fuera posible enterarse del momento cuando pasas por la puerta de ingreso hacia el sueño?

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