Ambrosía del aburrido

Puede ser mi tristeza y mi repudio hacia la vida meras ganas de vivir?

Vivo en las profundidades de la melancolía y la desesperanza, y para la mayoría esto representa un masoquismo constante, ganas mías de vivir en la oscuridad y el llanto. Pero desde estas aguas oscuras donde los rayos del sol se vislumbran como el esplendor supremo, el camino hacia la superficie se ve mucho más interesante y es un motivo para nadar con brío hacia las aguas tibias calentadas por el sol. Acá abajo a veces me ataca una sensación de ahogo y de frío, y resulta normal y frecuente la desesperación. Sin embargo es justamente esa desesperación la que me obliga a moverme con fuerza hacia el oxígeno. Desde acá abajo se ven los pies de los que chapotean como perritos jugando en la superficie del mar, juegan, se divierten, ríen. Será su felicidad un reflejo de la necesidad de vivir y del amor hacia la existencia? Cuando logre ascender a la superficie la bocanada de aire que tomaré llenará cada una de mis células con el misterio de la vida; la sensación de respirar después del ahogo será extremadamente placentera, sublime. Nótese que mis palabras están cargadas de la más sincera y pura esperanza, la misma de un reo condenado a muerte que es conciente del fin de sus días y que como única paz halla el mismísimo deseo de vivir, deseo que no fuera posible sin el conocimiento de su destino fatal. Y es que todos estamos condenados a muerte, sólo que no sabemos su hora, es así entonces como en la profundidad y la belleza, aunque signifiquen sufrimiento, encuentro las ganas más ardientes de vivir.

Me gusta tocarme los huesos, sentir el oxímoron que significan su vulnerabilidad y fortaleza. Recuerdo así que tengo un cuerpo que la mayoría del tiempo descuido o abandono, y atiendo sólo cuándo tiene necesidad de vida. Cuando grita porque algo duele, porque algo no funciona en su mística mecánica. Recuerdo que pertenezco a una vida muy distinta de la que suelo imaginar que es, estoy talmente concentrada constantemente en mi mente, en la fantasía, en el misterio del universo que olvido esta dimensión primitiva de la que estamos hechos todos. La dimensión de la inmediatez, la que no procura grandes tristezas, pero tampoco grandes felicidades, la que atrofia la mente y la reflexión pues se preocupa sólo por el pequeñísimo instante presente, de la que se habla en todos los libros de autoayuda, la que no se complica con el tedioso misterio del arte y la creación. Es así, entonces, como ese pequeño instante pierde todo su valor, pasamos por encima de él como un objeto unidimensional, ignorando el peso de eternidad que carga consigo.

Es así como reducimos todo a un mero deseo efímero o a una necesidad momentánea, una vez superado ese segundo, ese instante en el que nos enseñaron que la vida sería más sencilla, lo arrojamos al polvoroso armario del olvido, como un objeto que ya no nos sirve, cuando en cambio ha sido parte fundamental de nuestras pobres vidas, de la humanidad, del universo. No vale la pena destrozarse el cerebro con cuestiones que nunca resolveremos, y esta es mi frustración, pero creo que tampoco vale la pena la vida si cada instante que pasa es simplemente una cara anónima en el hacinamiento en el que conviven el tiempo y el alma, si nada puede realmente lacerar nuestras certezas, si nada logra encender nuestra pasión más escondida esa que cuando se despierta nos permite ver esas dimensiones del universo que nunca antes logramos ni siquiera imaginar.

Recuerdo ahora con gran cariño a todos los grandes que fueron insistentes en recordarnos el nulo valor de todo lo que conforma nuestras existencias y lo poco que nos deberíamos interesar por cualquier cosa. Es paradójico porque si en realidad nada importa, tampoco debería importar el escribir o decir estas palabras, tampoco pensarlas, ni siquiera el pensar que se puedan pensar, al final,  ellos también dedicaron miles de millones de instantes de sus vidas a descifrar el misterio. Y eso, a pesar de la desesperación, la soledad y de la recurrente idea del suicidio, se llama trascendencia.

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