Salinidad

“Desde cualquier ángulo que la mire,

La línea no se separa de la altura de mis ojos.

Es una invitación constante a lo eterno

Ella es inmutable, es utopía

Dónde descansa el sol

Dónde descansamos todos…”

Escribía Jerónimo sentado con los pies colgados al aire en el borde del acantilado. El cielo se puso negro, la brisa que anuncia lluvia empezó a batir los árboles de mango y a tumbar los cocos de sus palmeras. Todos saben reconocer el sol de agua, ese que azota las frentes antes del aguacero. La lluvia no se hizo esperar, cayó de un solo golpe. Jerónimo tomó sus papeles y sus lápices y entró corriendo al castillo vacío. Cerró la gran puerta de madera y se sentó en la única habitación sólida que le queda al castillo, continuó escribiendo mientras esperaba que la lluvia cesara. Desde esta ventana se puede ver el pueblo al fondo del acantilado, se alcanza a ver la plaza donde realizan las fiestas y los carnavales a los cuales Jerónimo nunca asiste pero que observa con inquietud desde su fortaleza, se ve la casa de Martica, la anciana que ayudó a su madre a dar a luz y que de vez en cuando sube al castillo a ayudarlo con la limpieza. Jerónimo vive solo en un gigante castillo construido por los españoles en 1848, localizado sobre una pendiente vertical, con una gran vista del horizonte en el mar. El castillo fue un fuerte español que sirvió como prisión y más tarde como refugio. Jerónimo nunca sabe si lamentarse o alegrarse de la suerte de haber recibido el castillo como herencia. Es enorme para un viejo pobre y solitario, doscientos años de historia que recaen sobre las palabras de un poeta olvidado por el mundo.

Pero la vida de Jerónimo no sería nada sin este castillo, es lo único que posee materialmente pero también espiritualmente, de no ser por el horizonte infinito que contempla cada mañana al desperar, nuestro viejo poeta no tendría nada que escribir, de no ser por la gran vista del mar desde la cual los españoles advertían barcos piratas, Jerónimo no tendría ninguna fantasía para entretenerse por las tardes calurosas. Nadie se explica cómo llegó el castillo a manos de la familia de Jerónimo, de pronto ni siquiera es de su propiedad, el gobierno nunca llegó a preguntar por la reliquia, es un pedazo de pasado completamente olvidado por todos que vive allí solitario en la cima de un pueblo del caribe más salvaje. Alguna vez Jerónimo intentó irse del castillo, vivir otras vidas, en el pueblo o la ciudad, pero como él mismo decía en alguno de sus poemas “no puedo alejarme de esa línea perenne que sólo sabe dibujar el mar”. Era casi como su maldición. Renunció a cualquier otra vida posible y decidió volverse custodia de este magnífico emblema de la colonización hispana, sabiendo perfectamente lo que eso significaba; soledad, existencialismo, vacío, recuerdos.

Así transcurrían los días del viejo Jerónimo, plagados de pesados recuerdos que retumbaban entre los viejos calabozos del castillo como las almas de los negros esclavos que alguna vez allí lamentaron su suerte. La última vez que Jerónimo estuvo en los oscuros calabozos en la parte posterior del castillo fue cuando tenía 12 años, época en la que eran escondites perfectos para jugar con su hermano mayor Federico. Ya pasaron cincuenta años desde esos juegos infantiles y cincuenta años desde que Federico en uno de esos juegos, resbaló por el acantilado yendo a la cueva donde él y su hermano se escondían a fumar marihuana. Federico cayó sobre las rocas, murió instantáneamente, nadie bajó a buscar el cuerpo, su madre decidió dejar que el mar se lo llevara. Desde ese día el Castillo no sería el mismo, ni Jerónimo, ni doña Antonia, la madre. Los calabozos donde alguna vez se escucharon gemidos de prisioneros y risas de niños se cerraron para siempre, así como otras áreas alejadas del castillo que empezaban a desmoronarse por corrosión de la sal marina. Antonia no quiso volver a arreglar el jardín interno, ni la hermosa fuente que adornaba ese antiguo espacio colonial, las viejas lámparas empezaron a llenarse de telarañas, las paredes a cubrirse de un espeso moho verde.

Desde la muerte de Federico el castillo se fue haciendo cada vez más pequeño, con pocas estancias habitables, las demás fueron dejadas al paso natural de tiempo. Jerónimo es conciente de esto, a sus 63 años sólo le queda la habitación donde duerme y un pequeño pedazo de salón donde está sentado ahora escribiendo, recordando y esperando que la lluvia pase. La lluvia siempre le genera un sentimiento extraño. Después de un fuerte aguacero el patio central luce más limpio a pesar de que las plantas han crecido con descontrol, de esa pequeña selva llena salen de sus guaridas animalitos que cuando llueve acompañan la soledad del viejo. Las paredes del castillo lucen mojadas pero frescas, como si los colores hubiesen vuelto a la vida. El agua que golpea con fuerza el techo y las paredes, entra por debajo de la gran puerta, avanza y llega a mojarle las puntas de los pies, al observar el paso del agua recuerda a su madre lavando todos los días el piso interminable del gran palacio español, siempre lo hizo con esmero para que sus hijos pudieran correr descalzos por el castillo, pero después de la muerte de Federico, empezó a lavar el piso con gran desesperación, quería que estuviera perfecto, brillante, sin un grano de arena, cosa que es muy difícil viviendo al lado del mar. Fue así como empezó a perder la cordura. El pequeño Jerónimo observaba como su madre acababa con su espalda fregando un piso que nunca iba a estar impecable como ella lo quería, observaba la desesperación con que botaba baldes de agua una y otra vez sobre lo que había lavado media hora antes. “Se está lavando a ella misma, la pobre mujer carente de esperanza, que no sabe que la mugre nunca se irá” escribió el viejo en alguno de sus poemas.

La lluvia no para, el mar se levanta con furia estrellándose contra las mismas rocas donde alguna vez cayó la vida de un muchachito. Jerónimo prefiere no mirar allí abajo, cada vez que por casualidad lo hace ve el cuerpo de su hermano de 14 años con la espalda quebrada sobre las piedras. Jerónimo prefiere siempre fijar su mirada sobre la línea del horizonte “el lugar hacia el que nos dejamos arrastrar cada día y luego por los siglos de los siglos”, es lo único que lo logra sacar del encierro del castillo y de la fatalidad.

Algo insólito lo saca de su pensamiento. Bajo esta lluvia, unas 20 personas acompañan un ataúd hacia el cementerio. Hay flores, mujeres y hombres que mezclan sus lágrimas con el agua que cae del cielo, niños que juegan en los charcos celebrando la vida. El cementerio del pueblo queda justo a la orilla del mar, es pequeño, alojará unos 100 cuerpos o almas. Allí está doña Antonia, la madre de Jerónimo, fue la única vez que él estuvo en ese cementerio, cuando despidió a su madre en compañía de 4 amigas suyas del pueblo. Todas las tumbas están pintadas de blanco, pues la sal siempre se come la pintura y la cal es lo más barato que se encuentra para pintar las tumbas cada mes, labor que realiza un viejo de 80 años que vive allí mismo en el cementerio. En este cementerio no hay flores naturales, la gente no gasta dinero en ellas porque el caliente sol del caribe las seca en un día. Hay algunas flores de plástico cuyo color ha sido robado por ese mismo sol.

En el pueblo existe una antigua leyenda sobre el cementerio; se dice que el cementerio y parte del pueblo se encuentran construidos sobre una arena nueva, pues hace miles de años el mar se adentraba aún más en el continente, y los cuerpos de los difuntos quedan enterrados en una arena húmeda de agua de mar. Dicen que los cuerpos, como los pescados, se conservan en buen estado por acción de la sal marina. La putrefacción se ralentiza, las caras de la gente guardan la misma expresión que tenían el día que murieron, responde el viejo del cementerio cuando le preguntan si es cierta la leyenda. “Vuelven a las aguas cálidas que dio vida a la vida, se dejan flotar en la baja densidad del océano, de la muerte, vuelven a lo eterno” escribe Jerónimo observando el sepelio y recordando a su familia extinta. Empieza a serenar. Los rayos del sol se posan cariñosamente sobre las olas para tranquilizarlas un poco. El cielo se despeja y deja ver nuevamente la línea que lo separa del mar, la curvatura natural del infinito, de esta esfera de agua en la que habitamos.

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