Dios retrocede con los brazos cerrados

Creo que sí. Creo que recuerdo cómo se siente la felicidad. Recuerdo mi sonrisa, sí. Recuerdo mi corazón en paz, sí. Recuerdo el mundo bajo mis piés y no sobre mi cabeza. Recuerdo la música, sí. Recuerdo los colores, las formas y los sabores, sí, los recuerdo. Recuerdo haber sido una con el todo y una en la nada. Recuerdo la sensación de volar, creo que sí. Recuerdo nadar en esas aguas en las que descansan todas las rabias y las nostalgias, donde todo lo enfermo se evapora. Recuerdo observar desde mi ventana, las nubes negras que se alejan entre ellas, se abren para abrir paso a la luz maravillosa de lejano sol. Porqué entonces mi alma brinca intranquila? Recuerdos, memorias, fragmentos de grandeza encerrados en una botella y arrojados al mar. Una casa antigua que asiste al deterioro del tiempo, fuegos y llamas de pasión que no lograron nunca incendiar el mundo. Y el mundo soy yo.

No estoy segura de saber cuál es el destino que busco, al contrario de algunos, mi naturaleza desafía constantemente todo lo que se encuentra, lo estudia, trata de entenderlo. Mi carácter es víctima única y exclusivamente de mi propio genio, un genio que se rehusa a develar sus secretos ante mi misma, su ama. Un genio que busca sin cesar una llama mística que encienda de una vez y por todas el amor hacia la vida. Hoy, sólo amo al universo y su eterno misterio, es lo único que concibo verdadero y pleno. La vida humana en cambio está plagada de falsedades, egoísmos, hipocrecias, inconformidades. Veo cómo la mayoría de estos seres que caminan en dos patas no quieren asumir ninguna responsabilidad en la historia de la existencia, viven sus vidas cómodamente en tibia temperatura constante, no viven el sufrimiento, sino aquél que el exterior les presenta de vez en cuando, huyen del sufrimiento, ese que nace desde dentro. Quién es este huésped que habita aquí dentro? …. Soy yo, cada una de esas mujeres que pudieron ser, que quise ser, que incluso fui, y que hoy no soy más. Puede haber dolor más profundo?

En las noches es cuando se agudiza mi cordura, y entonces sufro. Bajo la luz de la luna las almas inquietas se revuelcan en el vacío de la vida , a la espera de un algo que quizás nunca llegará. Entonces aparece el dolor, como un arroyo que arrasa todo con furia, arrancando árboles desde la raíz y abriéndose paso incluso allí donde no hay paso. Rompe las venas, rompe las paredes, rompe las ilusiones, rompe el sueño en mitad de la noche. Y entonces despierto, el techo de la habitación se convierte en una pantalla de cine en la cual repaso una y otra vez las escenas de mi vida, tratando de encontrar el punto exacto en el que me olvidé, en el que me dejé morir. La noche transcurre lenta; los sonidos de la calle, los perros, los autos, la lluvia sobre los tejas de zinc, la neblina, el reloj, el mundo material, el mundo de fuera. La cama siempre está fría, incluso cuando busco un cuerpo que pueda calentarla. Busco una definición, un susurro amoroso, una calma.

El dolor comienza a hacerse una costumbre, una habitación con paredes llenas de fotografías de pasado, de alegrías de antaño, de fracasos, de arrepentimientos, de sonrisas infantiles. Aquí vivo yo, silenciosa y frustrada, con este corazón inerte que paradógicamente late doliente. Acudo entonces a Dios, desesperada, lanzo un grito despavorido, un grito de socorro. Pero Dios no está, no existe para mí, de hecho, no existe para ninguno de nosotros, pues Dios no es más que puro misterio, y a la mística del universo poco le importa de nuestras vidas, poco le importa de nuestras carencias, poco le importa de nuestros sueños rotos.

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