María vivía de arroz

Me llamo María, aunque muchos se olviden de mi nombre o no les guste porque es demasiado común o porque María se llamaba la “madre de dios”, a mí en cambio me gusta mucho, llamarse María es como llamarse Mujer o Fémina, es el nombre de mujer por excelencia. Estoy jóven todavía, mi pelo es completamente negro gracias al arroz y en mis ojos se ve todavía la misma mirada que tenía hace 20 años, no ha cambiado y mi padre lo sabe. Nací mujer aunque muchas veces me guste jugar a ser hombre, nací mujer por puro azar y no me disgusta, sin embargo no juego a lo que la sociedad le pide a la mujer, soy mujer y me comporto como mi naturaleza me lo indica, sin prejuicios sociales o religiosos, por el contrario, confío, más que en cualquier otra cosa, en mí, que soy madre, bruja y hembra. Confío ciegamente en eso que llaman el instinto, aunque para algunos suene demasiado místico como para ser considerado legítimo. Mi lógica y mi razón no son estructuras rígidas que se alzan como rascacielos sobre la ciudad de las pasiones, mi lógica y mi razón son mejor como el sistema eléctrico de esta ciudad oscuramente apasionada; alumbra las calles obsenas de mi mente y enciende los motores que hacen funcionar  la ciudad que habito.

Me juzgan por allí por atender los cánones de la sociedad, pero amigos, no hay mujer como yo que no quiere ser limitada por estos cánones, porque incluso el hoy y la modernidad imponen sus normas a la sociedad y a la mujer. Es así entonces como la “mujer liberada” también debe actuar de cierta manera para acoplarse a las exigencias del mundo moderno, para no parecer la mujer sumisa del medioevo. A mí no me interesa nada de esto, ni vestirme de cierto modo, ni dejarme atrapar por la imagen de la mujer moderna, no, son todas tonterías. Nacida hoy como nacida hace 500 años, me interesa sólo conectarme con el principio primordial de la humanidad, comprender el tiempo y el universo y mi paso por el mundo de la física. No me interesa destruir vuestras lógicas complicadas, vuestra vida teorizada, vuestras convicciones de antaño. No. Porque se pueden eregir grandes templos al mundo teórico y dialéctico, y podemos cerrar las puertas de ese templo a cualquier atisbo de irracionalidad o salvajismo. Cierto. Pero acaso no morimos cómo mueren los pájaros o las flores?

Me llamo María y nací en una casa donde todos los días se come arroz blanco con un pedazo de carne. Puro y sencillo arroz blanco cuyo único objetivo es saciar el hambre. Y entonces dirán que no sabe a nada, que es el emblema de la pobreza, que es la comida de los enfermos. Y yo les digo que no me lamento del arroz blanco, que no me lamento de su poco sabor, pues un pueblo que saborea los alimentos es un pueblo satisfecho que come por placer y no por hambre. Y el hambre no es más que vida. Un hombre sin hambre es sólo un pretencioso. Y ya no estoy hablando sólo del arroz. Nací con poco, con lo básico para crecer con un cerebro nutrido, pero es precisamente lo poco lo que me mueve, el espacio vacío que debo todavía llenar. Me doy cuenta de que estoy triste cuando se me quita el hambre, cuando me siento morir no tengo hambre. Ahora recuerdo las palabras de una vieja anciana que conocí vagando por las frías noches del norte, al hablar de su vejez me decía precisamente “como muy poco, no tengo apetito”. Ella ya está satisfecha y no puede más que esperar la muerte. Un hombre satisfecho de manjares se aburre y sufre, quizá por tenerlo todo, por tener demasiada energía y poca vida. Yo no tengo nada, sólo un pasado en las venas y un futuro incierto; no tengo certezas, sólo dudas; no tengo amores, sólo soledades amontonadas; no tengo días, sólo noches de sueños. Y con hambre espero el ocaso.

Me llamo también Cecilia. Sé que a muchos no gusta tener varios nombres, yo en cambio le doy otro sentido a esta tradición popular latinoamericana. Tengo dos nombres, así como soy bilateralmente simétrica, característica de los animales menos primitivos, dicen los biólogos. Tengo dos nombres así como tengo dos rostros. Cuando me aburro de la ingenuidad de la una, me paso a la aspereza de la otra. Pero a pesar de que todos cargamos dentro al Dr Jekyll y a Mr Hyde conviviendo y peleándose continuamente, recordemos que para que haya simetria debe existir un eje central del cual se desprende todo lo demás. Un eje que será nuestro soporte y nuestro sistema nervioso central. Quisiera saber entonces cómo me piden conservar el equilibrio, siendo que mi columna vertebral vive en mi cuerpo como una serpiente corriendo sobre las dunas del desierto y hace doler… la arena. No me pidan más cordura, no me pidan que actúe como la mujer perfecta, porque no soy una obra perfecta ni de la naturaleza ni de dios, que he bien he nacido con un mal congénito, o dos: mi cuerpo deformado y mi mente inquieta.

Una respuesta a “María vivía de arroz

  1. Yo echo de menos el arroz, echo de menos su sabor sencillo que te llena la barriga, sin pretextos pero dandote una satisfciòn primitiva: quedar el hambre. Pero que es este arroz? Porque te duele la barriga? Una falta… la falta por exelencia, sentirse abandonado da la madre tierra que no te acude y no te nutre. Este dolor de barriga a vecez me tormenta, a veces lo olvido. Cuando me sobra el arroz voy a compartir mi plato contigo.

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