En el principio todo era soledad

De mi soledad nacen siempre los momentos más sublimes, como si quisiera por sí misma convertirse en película para maravillarse en su propia belleza, en lo dramática y buena actriz que es, en cómo encuentra poesía cuando camina por las calles vacías y oscuras de la ciudad, o en los días bellos de sol en la cima de las montañas que suele visitar. Es esta misma soledad, mi yo en carne viva, sin máscaras, ni fachadas, sin palabras forzadas, sin comportamientos de etiqueta. Sólo en la soledad me encuentro y ella vive como un alma aparte. Me odia cuando no estoy con ella, cuando me ve sonreír y dar besos embusteros, cuando no la pienso, cuando la cambio por esa extraña necesidad de tener contacto. Pasa que mi soledad es como un fantasma, ella es pensamiento, es utopía, ella es el principio y el final, ella es vida y es muerte, es la sublimación de lo que soy. Yo soy mi soledad, esa Xeh cargada de angustias y ansiedades, de música y belleza, de melancolía y perversiones. La que nunca encuentra palabras para expresarse, la que nadie invita a las fiestas porque es aburrida, la que pocas veces sonríe, esa misma que observa el mundo con desarmante frialdad. Esta soy desde fuera y para todos, porque pocos han querido y pocos he invitado a conocer el calor de eso que soy realmente, de mi soledad. Yo soy esta que se encuentra siempre observando el mundo en silencio, desde dentro, atrapada en la física, la química y las matemáticas del universo.

Recorro una y otra vez las calles de mi cerebro, me adentro en rincones peligrosos de los que de pronto jamás podré regresar, o quizá, de los cuales nunca regresé. Visito los barrios de mi niñez, los amigos del pasado, las voces malditas que quedaron atascadas en mi cerebro cuales almas en el purgatorio. Visito el mirador de los sueños y me siento allí a observar el horizonte, el amanecer y el anochecer, el paso del tiempo, el futuro. Visito el manicomio donde están atrapados mis dementes sentimientos y hablo con ellos, trato de darles esperanza. Me paseo a veces por el barrio de las fantasías, aunque trato de no hacerlo, porque la mayoría de los niños que algunas vez jugaban y reían por esas calles hoy son drogadictos vagabundos que deambulan por la ciudad y son escoria, otros se visten de traje y corbata y otros pocos prefirieron morir definitivamente. Visito también el barrio rojo donde se esconden mis peores perversiones. Me paseo por la biblioteca, donde viven mis héroes y mis consejeros. A veces me asomo por mis ojos para tratar de ver lo que pasa en el mundo “real”, lo analizo, lo vivo, lo sufro. Sin embargo, el lugar donde paso mi mayor parte del tiempo es en el mar.

A veces, cuando estoy ya acostada en mi cama, a punto de pisar el absurdo del sueño, cierro los ojos y juro por dios que llego a escuchar  el mar, en el medio de las montañas, a 3000 metros sobre él. Lo escucho y lentamente dejo que me arrastre lejos de esta orilla, lejos de la tierra firme. Allí floto sin pensamiento alguno, sin preocupación alguna, floto sobre ella, sobre el pensamiento, sobre la ingravidez de la existencia, rodeada de un líquido calmo y cálido que es mi soledad. Madre del mundo y madre mía. Oscuridad. Calor. Fertilidad. Dolor. Goce. Vida. Muerte. Luz. Esencia. Eternidad. Maestra implacable que bien sabes elegir a tus discípulos para revelarles los secretos del universo y de la existencia, aquellos que están dispuestos a morir una y otra vez, de las formas más dolorosas posibles, para renacer una y otra vez, cada vez más sabio y más sensible.

Esta soy yo, Xeh.

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