La Sangre violenta y la pulsión de la muerte

Salí esa tarde de casa con cierta preocupación, muy deprisa a casa de ella.  El camino a su casa está siempre lleno de emociones, cada paso era recordar algún pasaje de nuestra historia, y el recorrido en sí era el recorrido de la vida misma. Cuántos años pasaron sin que un día nuestras vidas no estuvieran malditas la una por la otra. Cada día que camino hacia su casa es distinto; algunas veces lluvioso, otras veces vestido de flores, y esas otras veces en que un viento suave le acariciaba el cuello. Sin embargo, me resulta muy difícil  tomar el camino, cuando camino por la ciudad evito a toda costa no acercarme a su barrio, no pasar cerca de las calles que conducen a su casa. El barrio añade mucha de esa adrenalina que me corre por las venas cada vez que quiero verla. Y no porque sea un barrio peligroso, sino por ese gran silencio que se cierne sobre las casas, un silencio pesado y frío, una soledad hermosamente profunda. Los árboles acompañan la vista y los jardines de cada casa son un pequeño gramo de belleza en medio del cemento. Desde que la conozco nunca he podido abandonar ese temor exquisito que me provoca el acercarme a ella. Nunca he sabido cómo hacerlo. Cada vez que llego a la puerta de su casa y toco a la puerta, se me clavaban como agujas de budoo en el pecho esos 30, 60, 90, 500 segundos que ella tarda en abrir. No logro nunca imaginarme cómo estará ella vestida, por fuera y por dentro. Un día puede ser una gata mimosa, otro día una suicida, otro un limón con sal, otro una revolucionaria, otro una tipa cualquiera, otro la muerte, otro la madre. fortunadamente cuento con la ventaja de haber aprendido a reconocer su máscara en el primer segundo, pero no siempre logro saber cuando es máscara y cuando piel. Ni siquiera cuando hacemos el amor. Nunca olvidaré aquél día que abrió la puerta con esa camisilla blanca que rozaba sus pezones con  desarmante naturalidad, aquél calzoncito negro siempre listo para darse un baño y ese cabello bien revuelto.  Nunca olvidaré la primera vez que la vi así, tan madre, tan diva, tan negra. Ese día ella me abrió la puerta y a duras penas me saludó, sin decir palabra me llevó a la habitación, cerró las ventanas, encendió la lamparilla roja, me hizo beber algún té de hierbas alucinógenas, con suavidad me tendió sobre la cama, me hizo escuchar algún rock psicodélico, y olvidar. Cerré los ojos y simplemente me dejé llevar donde ella quería sin preguntar, sin dudar. Ella mientras tanto se fumó un par de cigarros sentada en una silla junto a la cama, desde la cual me veía volar, como una especie de torre de control.  Ella me observaba, como un fantasma, como cuando me despertaba a media noche sintiendo la presencia de alguien que me miraba  en la oscuridad.  Esta vez no sentí perturbación alguna, anzi. Al cabo de un par de horas, desperté del letargo y comencé a contarle los lugares que visité, las personas que me hablaron, lo que entendí, mientras ella sólo escuchaba atenta. Desde ese día, cada vez que estoy fuera de su casa, de pié en la entrada, ruego a los cielos que ella vuelva a aparecer con el cabello como un nido, los calzoncillitos negros y esa tierna camisilla blanca. Hoy en cambio es distinto, la incertidumbre me derrota, la ansiedad me vence, la película tuvo un giro dramático demasiado drástico, tanto que es difícil de soportar. Una serie de circunstancias salidas de control sacaron de su balance perfecto nuestro romance. Nada de esto debería estar pasando. Hemos llegado a un punto ciego, donde la crueldad de la realidad produce pánico.

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