El sujeto invisible

Como tantas otras noches, volví solo a casa. Sólo que esta vez me acompañaba aquél desesperante pitido en los oídos. Ese mismo que queda después del sonido. Había estado en una fiesta a las afueras de la ciudad, en medio del campo, al lado de un hermoso río. “Ya era hora” me repetía en el camino a casa. Estaba harto de sentirme nadie, de estar solo batallando con mi mente. No recuerdo cómo llegué a ese extraño lugar, y a pesar de haber llegado una hora antes del final de la fiesta, logré insertarme entre la multitud sin una cara, sin un nombre, sin tener que decir palabras para agradar, simplemente estando allí, sintiendo la música, bailando, olvidando, haciendo parte de una energía más grande que yo. No me importaba nadie en aquél momento, ni siquiera yo mismo. Cerré los ojos toda la noche para no permear el ritmo con mi subjetividad maligna, de la cual estoy ya cansado. Apagar la pantalla de luces y escuchar adentro.

El negro lo llena siempre todo, el blanco en cambio enceguece. Ya se cumplen 8 años de cuándo olvidé mi brújula en alguna parte del camino. Desde ese día ando sin dirección, a veces volviendo, a veces hacia delante, a veces sin moverme, a veces cavando un túnel en la tierra. Hace mucho que me perdí. No sé dónde está la meta, o lo que es peor, no sé si esa meta existe todavía. Desde ese entonces me he dedicado a observar a la gente, observar hacia dónde van ellos, preguntar una y otra vez cual es la calle correcta. Pero ninguno me da respuesta, es como si cada uno se guardara la dirección de su calle para ellos mismos. Parece que no está permitido revelarla a nadie. Otras veces en cambio, creo que simplemente ellos tampoco saben cual es la calle correcta, o que no les importa saber si es o no la calle correcta, se convencen a sí mismos de que lo es. Y caminan. Como una gran masa ciega.

Desde que perdí mi brújula, desaparecí para el resto del mundo. La nimiedad de mi ser, la poca importancia de mi existencia para el transcurso del destino, me devasta. Entonces trato de encontrar palabras para contentarme y reaparecer, pero las conozco ya todas, y ninguna me funciona. Me acuerdo de cuando era niño, jugaba siempre a Mario Bros, jugaba y jugaba tratando de esquivar todos los obstáculos para salvar a la princesa. Pero ahora que lo pienso, no me importaba nada de la princesa, lo que más quería era encontrarme con Cupa, cara a cara, luchar contra él y vencerlo. Me daba terror, pero por lo mismo vencerlo era mi más grande orgullo. Lo bueno de jugar a ser Mario Bros, es que siempre contaba con la seguridad de que tenía otra oportunidad para volver a intentarlo. Y cuando se me acababan todas las oportunidades, apagaba el Nintendo y me iba a vivir mi vida de niño, sin preocupaciones, sin tristezas. Ahora que tengo 34 años y que he visto a Cupa a los ojos más de una vez, ya no me causa terror, ni me invita a derrotarlo, pues la princesa ya no representa nada, y él tampoco.

Me despierto cada mañana, sí, estando sin estar, completamente desapercibido para el mundo y para mí. Tomo un baño de agua helada que logre despertar mi cuerpo de este letargo, me observo en el espejo, pero no logro reconocerme, me veo fijamente a los ojos, y a veces no veo vida en ellos. Todo me parece irreal. No es casualidad que lo primero que veamos para saber si una persona está viva o muerta, sean sus ojos.  Los ojos siempre encierran  los secretos del universo. Ver el iris es ver una nebulosa o un agujero negro. Es ver también la mente de la persona, y algunos dicen que el alma. Y es que efectivamente los ojos son la parte visible de nuestros cerebros, juegan con la luz, las imágenes, nos brindan la información del mundo. Cuando están abiertos reproyectan o distorsionan en nuestras mentes la realidad.

Ahora estoy solo en la cama, con este desesperante pitido en los oídos y los ojos cerrados. No quiero ver el mundo, pues el mundo que veo no es el mundo real, es la reproducción que mi cerebro hace de él, por alguna magia hecha de electrones y fotones. Quiero ver la verdad. Y aquí estoy, con mis ojos cerrados, solo con la oscuridad.

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