A veces la vida puede ser tan irreal como la deseamos

Suelo apagar los cigarros en la suela de mis botas viejas. Suelo caminar mirando el piso, leyendo las grietas del pavimento que conforman letras que conforman palabras, basta sólo prestar un poco de atención. Suelo caminar sola la mayor parte del tiempo, deteniéndome de vez en cuando para dejar que la gente pase rápido en urgencia de sus ocupaciones y preocupaciones. Pero por favor, no crean que yo no tenga mis ocupaciones y preocupaciones, lo que pasa es que no las atiendo con premura, las dejó ahí a su completa fortuna. Suelo cubrir mi nariz con la bufanda, y no porque haga frío, sino por el gas negro que sueltan los buses de esta ciudad, realmente asqueroso e indignante. Pero bueno, esas son mis tardes, caminar normalmente fumando, detenerme cada tanto, leer mensajes en el piso y a veces pensar. Generalmente mi mente se ocupa tanto del contexto, que se olvida por unos minutos de mí misma. Lo cual es genial. Hay que saber engañar al cerebro de vez en cuando, saben? Al propio.

En el camino a casa se atraviesan varios mundos: el barrio de las oficinas, el de los restaurantes, algunas calles principales, para luego comenzar a subir las faldas del volcán Pichincha, y yo vivo allí. En un punto el barrio se aleja de las carreteras principales para dejar ver una Quito más amable, más hogareña y familiar. Tanto que si sigo subiendo y  supero mi casa  se llega a un barrio completamente rural “La Primavera”. Volviendo a mi camino, tengo que contarles con tristeza que “el verano” nunca llegó a Quito. Los meses de verano, entre mayo y agosto, pasaron bajo el agua y entre el frío, ya prácticamente se acaba Agosto, y hoy justamente, empezó otra vez “el invierno”, y en realidad hace frío. El Sol este año no se apareció en la mitad del mundo.

Más o menos a 10 minutos de llegar a casa, un fuerte viento que anunciaba lluvia sopló repentinamente, y en cuestión de segundos empezó a caer granizo, grandes bolas de hielo, que reventaban las ventanas, las paredes y el piso con fuerza. Rápidamente tuve que buscar refugio, así que entré en el pórtico de una casona vieja de esas que suelen encontrarse en las ciudades latinoamericanas, de tipo inglés o estadounidense, con amplios jardines y arquitectura republicana. Ya serán más de las seis de la tarde, observo el hielo acumularse en las aceras y comienza a hacer mucho frío. Una luz en la casa se enciende, un hombre adulto, mira por la ventana y se percata de mi presencia. Desaparece. Una guitarra comienza a sonar desde las entrañas de la casa. No pasaron 10 minutos cuando el hombre finalmente se compadece de mí y me deja ingresar a la casa.

Al ingreso un enorme jardín que no pude detallar por la rapidez con la que nos escabullimos de la lluvia. La casa estaba caliente y un olor a leche hervida emanaba del fogón, se respiraba un ambiente muy tranquilo y cálido; libros en los estantes, muebles cómodos, leche en la estufa, un gato, un perro y un olor a tabaco mezclado con antigüedad. El amable hombre, quien hasta el momento debemos considerar un potencial criminal, me ofrece un chocolate caliente con tequila, una combinación antes desconocida. Lo miro con desconfianza, sin embargo acepto, pues aunque había dejado de granizar,todavía llovía con fuerza. Y de todos modos, algo en mi interior me decía que era este hombre misterioso un buen tipo y que podía relajarme. Así que nuevamente actué bajo instinto y me quedé expectante de aquello que podía ofrecerme este hombre.

Tomé asiento en una esquina del salón con el chocolate en la mano. Él tranquilísimamente guardó silencio mientras subía al segundo piso a buscar su guitarra, bajó, se sentó en el sillón de enfrente y comenzó a tocar melodías nostálgicas pero cadenciosas y a cantar palabras suaves que escasamente podía comprender.  La música lo era todo, no me importaba su nombre o su vida, sino ese sentimiento de tranquilidad que me brindaba su casa, su música, y porqué no, su presencia. “Pero puede ser posible que esto me esté pasando? Es demasiado romántico y novelesco” pensaba una y otra vez, pero al alzar la mirada él efectivamente estaba allí tocando la maldita guitarra.  Y fue cuando lo vi en realidad, cercano a los 40, cabello rizado un poco largo, gafas, barba, tez clara, manos largas y diestras, camisa verde y pantalón oscuro. Lo único que podía desear en ese momento era que no descubriera mi edad, sería cuestión de vergüenza e incomodidad.  Finalmente soy una culicagada ingenua, inmadura e inexperta… me ha visto…  ya no le queda más opción que aprovecharse.

-Y cómo te llamas? dijo con una voz grave y calmada

– Cecilia

– “Cecilia dice siempre lo que piensa y casi nunca piensa como yo, si tengo hambre busca en la despensa y me guisa unos besos con arroz. Cecilia tiene algunas fantasías y algunas fantasías tengo yo, le cambio las suyas por las mías y se hacen realidad entre los dos” Cantó y se me bañaron las pantaletas. Traté de ocultarlo, lo juro, pero estos ojos siempre me delatan.

Tabaco, música, chocolate, mi nombre cantado por él, cuantas palabras hermosas, calor, lluvia, miradas, sonrisas y colores jugando en estos rostros que buscaban amor. Pensar dónde estarán estas mismas sonrisas y estos mismos colores después del amor, sería inapropiado, pues bien sabemos que entregamos el dolor y la alegría a un simple juego mundano. No me resulta fácil dejarme amar, como sé que no resulta fácil follarme. Desvestirse a veces puede resultar muy banal, pero desnudarse cuesta mucho más, y es aquí donde encuentro mi mayor problema a la hora de dejarme atrapar por el placer. Porque el placer, para ser placer, debe ligarse estrechamente al espíritu, de no hacerlo, por favor, no hablemos de placer, hablemos de materialismo. Y para permitir a una persona tocar el espíritu propio es necesario abandonarse, es necesario olvidar prejuicios, daños, miedos, es necesario olvidarse de uno.

Él ya había pasado por todo esto, y no le interesaba follarme, le interesaba sólo no sé, mi presencia de mujer perdida. No quiero entregar mi espíritu a una persona inexperta y descuidada, y es aquí donde he cometido errores en el pasado, porque el espíritu necesita tacto sedoso, tierno calor y mucha poesía. El hombre de quien aún desconozco el nombre, siguió tocando la guitarra, mientras yo me hacía el amor a mí misma. La lluvia ha cesado, agradezco su amabilidad y decido marcharme con un nuevo amor para mi colección de amores desgraciados. Al salir, la subida de vuelta a casa, la niebla y la calle mojada. Enciendo un cigarro, sin tener que mirar atrás para asegurarme que él estuviera allí, me alejo, me despido del día.

“Cecilia busca amores imposibles, por eso fue posible nuestro amor, Cecilia, tan altiva y tan sensible, tan diva y tan de nadie…” Sigo creyendo en el amor, en los humanos, no sé.


3 Respuestas a “A veces la vida puede ser tan irreal como la deseamos

  1. Altazor de los vinculos

    El otoño de los deseos

    El árbol tenía la apariencia de un clavo,
    un clavo con raíces de sancos.
    Que se clava en el lomo del animal fecundo,
    del cual brotan los retoños.
    Otoños enteros se desbordan en mis deseos.
    Deseos de otra realidad, deseos que se desprenden de mi alma,
    como las hojas del árbol clavo, en el otoño de los deseos.
    El árbol tenía la apariencia del hombre que se aferra al animal fecundo y eterno.
    Se aferra con todas sus fuerzas, pero el huracán de las mentiras, las apariencias y de las verdades a medias, termina arrastrando consigo los deseos que se desprenden como hojas en el otoño de mi alma desahuciada, entumecida y destruida.
    Mis deseos vuelan al olvido de las ráfagas del progreso, encadenándolos al interés del tormento.
    El tormento de la tormenta que derriba los retoños que alguien se preocupó por cultivar.
    Sembramos semillas destinadas a la putrefacción.
    Semillas pútridas sin deseos, pues sus deseos solo forman parte de las ráfagas del tormento.
    AMC©
    28-6-11

  2. Gracias de verdad.

  3. Altazor de los vinculos

    I

    Por qué no llueves de una vez
    Derrámate sobre mi cabeza
    Cáusame placer de mirarte, de desearte, de escucharte, de gozarte.
    Cáusame un infarto, llueve de una vez.
    Cristalina salvación, llueve de una vez.
    Mójame con tu cabello, humedéceme con tu boca,
    cómeme con tu humedad,
    sécame las entrañas, por qué no acabas de llover.
    Quiero oír tu cabello cayendo sobre mí.
    Quiero sentir tu viento en el porvenir.
    Llueve antes de que me mate.
    Llueve de una vez, no vez que te deseo, no vez que te añoro, no vez que te sufro,
    no vez que te lloro.
    Llueve el infinito sobre mí, no lo puedo explicar, solo sentir, sentir como bajas y Yo subo.
    Sentir como tu cabello resbala en mí.
    Sobre mí llueves, humedeciéndome con tu boca.
    Posa tus muslos sobre mis caderas.
    Caderas que añoran tu lluvia.
    Llueves sobre mí, como el aguacero sobre el platanal, en tornasol rebote.
    Aquel platanal infante que se me presenta en la memoria, parado bajo una hoja te me desvelaste.
    Mirando los troncos chorrear tu lluvia.
    Mojando la tierra la fecundas, pero yo ahora fecundo tu lluvia, tu útero aguacero, tu matriz incandescente.
    Quémame con tu lluvia, tu lluvia de vida,
    ¿No vez que estoy muriendo?
    AMC©
    24-6-11

    * hay quines dicen que la poesia es solo arte, yo digo que la poesia es la vida, es la naturaleza, es la lluvia, las estrellas, las experiencias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s