Un nuevo engaño y un nuevo desengaño

De vez en cuando es bueno ser consciente de que hoy, de que ahora, estamos  fabricando las nostalgias que descongelarán algún futuro. 

-Mario Benedetti

No es fácil ver en unos ojos esa llama de la que tanto hablamos y en la que buscamos calor. Es así como resulta muy fácil acercarse a la primera llama que vemos después de un maltratado camino de invierno. Sin embargo, así como en el desierto la sed y sol nos hace ver la arena como agua, en el invierno el frío y las ramas secas, nos hace ver refugios cálidos. Exactamente así se sentía Jerónimo. Parecía que su inconciente le había jugado una trampa de nuevo. Era fácil en aquél momento sentirse como un condón usado en la caneca de algún baño de algún lugar, con aquella expresión triste que tiene el condón usado, de pasar de sentirse tan necesitado a terminar siendo una plasta asquerosa dispuesto a morir en la basura junto a aquellos desechos de comida próximos a convertirse en hongos y a aquella servilleta arrugada con una leyenda escrita. Sensación que además se veía provocada por el olor a semen viejo que emanaba de su entrepierna, y que sentía en sus dedos por más que se los había lavado. Él había estado allí, no cabía la menor duda.

Era fácil también sentirse como un estafador, de esos que por creerse muy listos terminaron por estafarse ellos mismos. Un viejo amigo al que llamaremos “cactus moribundo” fue el testigo de todo, sabía perfectamente que había tanto calor en esa llama que trajo Jerónimo a casa, como tanta agua en el desierto de dónde él venía. Sabía perfectamente lo duro que era vivir en el desierto por ende sabía de antemano que esas noches de forzado romanticismo era sólo un intento desesperado de Jerónimo para protegerse del frío. Pensando todavía en ella, se sentó en la cama y se quedó con la mirada inmóvil durante algunos minutos. Él también lo sabía, su inconciente lo había traicionado una vez más. “Ella no puede ser una ilusión, yo la vi real” se repetía una y otra vez para no sentirse un estúpido. Pero era en vano, al final siempre sentía ese vacío en el pecho que lo obligaba a prenderse otro cigarro. Lo consolaba el pensar que en realidad ella podía ser una buena mujer, pero lo desconsolaba terriblemente el saber que enseñó su vulnerabilidad y entregó sus secretos más terribles a cambio de un par de polvos secos y obligados, y quizá de un par de palabras, algunas inútiles… y otras… también.

Tantas ilusiones, o usando los plurales de Benedetti, tantos ayeres en el olvido y tantos mañanas en tantas noches. Cuántos tragos, cuántas luces, cuántas notas, cuántas miradas, cuántas ganas de sentirse amado, cuántos hoyes. Cuántas risas nerviosas, cuánta necesidad de volar, cuántos besos embusteros, cuántas palabras mal dichas, cuántos tiros de coca, cuántas tardes… cuánta esperanza. Con un suspiro Jerónimo levantó la mirada y se observó solo en la pequeña habitación, a excepción de aquél cactus moribundo en la esquina. Se quedó por un momento observando sus espinas inofensivas, lo vio tan flácido, tan recogido, tan falto de vida, casi como su pene después de una miserable eyaculación precoz… con ella. Sintió pena por los dos, por el cactus y por él. En contra de su voluntad y obsesionado tratando de encontrar algo que pudiera decirle que él no estuvo equivocado, que en realidad se amaron, algo que lo hiciera sentir menos tonto, menos indefenso. Empezó a buscarla en la habitación, algo, cualquier cosa, algún objeto olvidado, un pelo, o incluso algún rastro de olor en el interior de sus sábanas. En cambio encontró algo peor, era un escrito suyo, fechado de hace algo más de 20 días. De antes de la mentira, o mejor, de antes de la verdad. De cuando ella era el momento justo y la caricia justa, de cuando ella podía ser la salvación.

El texto aunque corto estaba lleno de bellas sensaciones que cuando las leía y las sentía, recordando aquellos pocos días, aquellos inicios de cuando enceguecido creyó ver la luz, recorrían heladas cada poro de su piel, palabras que una tras otra formaban un verso cadencioso y amoroso tan podrido de ese sentimiento tierno y amarillo que en este momento tan gris y desolado, hacía daño. Palabras cargadas de un oscuro nerviosismo que dentro de su misma oscuridad guardaban una luz tenue y cálida. No se sintió para nada bien, verse a uno mismo tan humilde y sensible. Como ver la película de tu propia vida, con su fotografía, sus primeros planos, esa canción que sirve de banda sonora, y tu, capturado por la cámara, por el tercer ojo. Jerónimo quien con el papel en la mano nuevamente había prendido un cigarro para calmar el frío que le aprisionaba la respiración, se quedó absorbido por la sensación que le había el provocado el verse a si mismo, en un flashback fugaz,  tan sonriente, tan inspirado, tan desnudo, tan ingénuo. Se sintió ignorante de la vida, del amor y de las mujeres, se sintió culpable de haberse atado la soga al cuello tan inocentemente, tan encandilado por un espejismo.

Luego de la estupidez, la rabia, luego de la rabia, la violencia, luego de la violencia, la compasión, luego de la compasión, la tristeza, luego de la tristeza, la soledad y en la soledad, la noche, un triste poema, un cigarro y el viejo cactus moribundo.

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Una respuesta a “Un nuevo engaño y un nuevo desengaño

  1. Cuanto silencio en este cuarto.
    Y olores raros atormentan el aire.
    Surgen de canciones, de palabras escritas, de aquel condon en la caneja.

    Si la poesia duele, funciona.

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