Tren al Sur

Meto toda mi ropa sucia en la vieja mochila; los calzones verdes y los de puntos amarillos, las medias rojas de lana, los jeanes con el hueco en el culo, el cepillo de dientes, la cámara fotográfica, el libro de Saramago. Me engancho mi fiel mochila arawaka que no me falla nunca y las viejas botas que piden un remplazo.

No sé porqué últimamente todos los caminos indican hacia el Sur. En general el Norte, siempre me pareció aburrido. “El norte”, busca tu “norte”, universidad “del norte”, vivir en “el norte”. El norte además siempre tiene la connotación de los barrios ricos – si hablamos de ciudades-, y de países ricos -si hablamos del mundo- Por ejemplo, nunca me gustó la idea de que Papá Noel vive en el polo norte, me caería mucho mejor de seguro si viviera en el polo sur.

Los “del norte” nunca saben bailar, son fríos y aburridos, cerrados y testarudos, y siempre se creen mejores por simplemente ser “del norte”. Los “del norte” viven en un afán constante, la vida les parece corta para todos sus maravillosos planes de “gente del norte”, y en lugar de disfrutar, apretujan su tiempo, que corre más rápido, con trabajo y éxito, civilización y cultura.

Entonces hoy decido que el tren de ida irá rumbo sur. Porque el sur siempre tiene un lado oscuro y misterioso, es hacia dónde no se debe ir, es ir hacia atrás, es caminar en el sentido contrario, es donde vive la gente maleducada y pobre, son los lugares feos e inseguros, donde el sol no llega, donde todo es al revés, donde todo está mal. En el entorno de la Cooperación al Desarrollo, se denomina “Sur” al conjunto de países cuyo Índice de Desarrollo Humano es mediano o pequeño, como consecuencia del imperialismo de países del norte. En este sentido, es un sinónimo de “países pobres”. (Típico del Norte, ven?)

Entre los países del norte siempre hay tratados y cooperación, riqueza y prosperidad, 30 vuelos diarios entre New York y Londrés. Entre los países del sur en cambio, todo es siempre diferente, más distante, más olvidado, más perdido.

Me voy al Sur y punto.  La Rosa de los vientos giró al azar y señala al Sur como destino. Traigo conmigo un mapa árabe del siglo VII, de cuando las potencias islámicas eran las potencias islámicas, y de cuando sus mapas tenían al Sur en la parte superior, tomando la estrella polar austral como referencia y no a la famosa estrella del norte.

Llego al sur, con la misma ropa sólo que más sucia y las mismas botas sólo que más rotas. A mí alrededor diferencias difíciles de ver a simple vista, pero abismales. El reloj que me regaló mi madre, inicia a moverse en sentido contrario. Desde este instante cada minuto no será un minuto perdido, sino un minuto ganado. Aquí donde Dios se ha olvidado de nosotros, no sufrimos la presión de su chantaje. Aquí, alejados del ojo del Gran Hermano, la vida es completamente libre y no se ata ni siquiera a sus propios sueños, mal hábito de aquellos que viven “en el norte” y que tienen “un norte” y que caminan siempre “hacia el norte” y van buscando “siempre el norte”.

Aquí abajo no sentimos la presión de estar arriba. Estamos abajo, y ya. Aquí abajo nacimos y estaremos, que más da estar arriba? Los de arriba en cambio, siempre han estado allí, y ponen todo su esfuerzo y toda su existencia tratando de no estar abajo. Aquí abajo no tenemos miedo de caer, pues ya estamos en el suelo. Aquí abajo estuvimos y estaremos, sin conocer egoísmos ni pretensiones. Aquí abajo hemos vivido siempre seguros, pues la caída… del piso no pasa. Y aquí estaremos para cuando los de arriba tengan que caer.

El Sur y su olvido, permite a todos vivir en la vorágine, y en ella encontrar su felicidad. El sur y su oscuridad, permite a todos ser iguales y hablar de tu a tu con el que te tropiezas por la calle. El sur y su enigma, hace que todos vivan con la esperanza siempre de hallar una respuesta. El sur y su cercanía con el suelo, es siempre un recuerdo a las raíces. El sur y su casi fondo, es donde todo se hace más profundo y más vivo. El sur, donde casi no llega el sol, es la tiniebla que nos regocija en el mal de vivir.

Aquí abajo todo es distinto, por fuerza de gravedad la vida se hace más pesada y más profunda. En el sur la gente ríe de tristeza y llora de felicidad; está más cerca del suelo y de la verdad. Aquí abajo donde siempre fue todo una constante derrota, el afán de victoria ya dejó de ser nuestro “norte”, y la vida se hizo un momento como cualquier otro. Aquí abajo donde el viento del norte no nos llega, con su aire afanado, la gente no desespera tratando de exprimir la vida al máximo, ni corriendo contra el tiempo,  pues justamente aquí donde todo es al revés, el tiempo no nos viene en contra, sino a favor y las brisas australes traen consigo, en cambio, aires de quietud. Aquí abajo la vida corre en sentido contrario.

Mientras camino me siento como el elefante que el rey Juan III de Portugal decidió regalarle al archiduque Maximiliano de Austria. Caminando sin saber hacia dónde ni porqué, pero caminando a través del mundo, y de lo que eso significa. Guardo mi libro de Saramago en la mochila, me detengo a observar a una anciano que recoge manzanilla de su huerta. Me invitó a tomar un mate en su sala. Y reprochando todas mis reflexiones, me recuerda:

pero aquí abajo abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el sur también existe.

Xeh: “Gracias señor ha sido usted muy amable. Ojalá el mundo dejara de ver hacia Kynosoura, que es una estrella tan distante y tan fatal, que nos ha traído solo desdicha desde que decidimos ir tras de ella.”

Señor: “Querida jóven, eres muy rebelde… Querer que el Sur sea el Norte, es querer que Dios fuera negro. Y quién quiere un Dios negro?” – Dijo sonriendo.

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