Breve Retrato de un anochecer

El mar con cada ola que llega hasta mis pies, y dejando su sal entre mis dedos, evoca una pasión tan profunda que es éxtasis y un placer tan ligero que es armonía, y es justo allí en el horizonte dónde la vida se hace eterna. Ya no recuerdo cuantas horas estuve aquí en el largo de mi vida. Desde que era niña mi padre solía traerme a la mitad del mar, dónde casi podía tocar el sol y verlo hundirse entre el agua.

Estar aquí trae a mi mente muchos sueños, algunos cumplidos, pero la gran mayoría por cumplir. Cada sensación carga consigo recuerdos y deseos. El olor a mar se pega en mi piel, mientras el viento que sopla con fuerza juega conmigo amenazándome con arrojarme a las aguas de plata. El ambiente es nostálgico, hay gente en la plaza, niños que corren, viejos que hablan de la vida, jóvenes enamorados, y yo, sola, como es lo usual. Me senté junto al viejo monumento, ese gran tótem ubicado en el medio de la plaza, lleno de peces de colores. El sol nos acompañaba todavía, pero pronto sería su hora de marcharse. Ese día, el Sol, se había levantado con un temperamento romántico, así que tiñó el cielo color rosa, pero no un rosa cualquiera, éste era un rosa radioactivo.

La música vibraba tan suavemente que me susurraba sus viejos versos al oído, en un eterno coqueteo con la brisa. Sola allí en medio de la plaza del viejo pueblo, todos tenían que lanzarme una mirada, no es fácil ver a una mujer joven sola en la plaza. Saqué de mi mochila arawaka, un trozo de papel y un bolígrafo negro. Lo dibujé de espaldas, con su rostro ligeramente girado hacia atrás pero irreconocible. No podía dibujarlo de frente, yo no lo merezco, y de hecho, ya no lo recuerdo. Por más que el color de sus ojos esté grabado en mi memoria, no soy capaz de trazar el contorno de los mismos, quise diseñar su boca, el labio prometido. Creo que sencillamente no soy capaz de verlo a los ojos, ni siquiera a sus ojos de papel dibujados por mis manos. No soy capaz.

Bajé por su espalda, y por sus piernas. Lo imaginé vestido de blanco, porque el blanco es el color de esta tierra. El calor llama al blanco, siempre, y el blanco contrasta con los vivos colores que inundan este territorio. Con cada trazo dejaba sobre él un poco de mi mar, porque él es mar.  Me faltaban las manos. Cómo serían sus manos? Las manos del hombre lo representan todo, la evolución, la inteligencia, la destreza, el destino, la verdad, la vida y la muerte. Plasmar sus manos no era tarea fácil, y mucho menos unas manos que sólo me habían tocado con la intuición. Sus manos lo eran todo, el principio y el fin. Dejé fluir mi verdad, y en su mano derecha le agregué un habano. Su mano izquierda, en cambio, esta cerrada. Su puño indica fuerza, dignidad, valentía, pero sobre todo, misterio.

Cerré abruptamente el viejo cuaderno, lo metí junto al bolígrafo en la mochila. Sosteniendo mi falda para que no fuera levantada por la brisa, y caminando con los ojos entrecerrados por la arena que volaba por la plaza, me dirigí al viejo muelle. Ese viejo muelle, el mismo que recorrí en medio de charlas con poetas y padres, con amigas y hermanas, y sola tantas veces. Me detuve frente a él, el sol quién todavía guardaba su dulzura rosa, caía lentamente embriagado en el perfume de la María del Mar. Una melodía caribeña que sonaba alegre entre la tarde, se hacía lejana y rumorosa con el andar de mis pasos. Cuántos metros dentro el mar habré caminado?

El viejo muelle ya no tiene luces, las barandas a sus lados han sido carcomidas por el mar, en el camino hay que tener cuidado pues sus cimientos han sido corroídos por la sal, y algunas trampas para los ciegos están dispuestas en su caminar. El muelle nunca ha sido para todos, el viejo muelle sabe seleccionar a sus visitantes. Está lleno de viejos pescadores nostálgicos, de poetas del mar, de enamorados, de niños que corren, de mujeres locas, y de mí. Este viejo muelle está lleno de mí. A cada paso, y entre más me acerco al final, dónde me espera el Sol, más veo mi vida gritando con cada ola que me baña. Con cada paso iba dejando la tierra segura y sólida, para entregarme a la sabiduría del viejo muelle. Mirar hacia atrás es ver la oscuridad de la noche que nace. Justo delante, sobre la línea del horizonte, el Sol que me seduce.

Paso por la vieja casa de la aduana, imaginando allí a mi bisabuelo trayendo el mundo a esta pobre tierra de pescadores y esclavos, de mulatas e indios, de alegría y humildad. Detrás de mí la noche se acrecienta, inunda el vacío de negro. Delante de mí, el resplandor del gran sol.  Y justo allí en el horizonte, en la línea donde el viejo muelle se entrega al mar, él. Él. De espaldas. Con su traje blanco. Con su habano en la mano derecha. Los últimos rayos de sol dibujan su silueta en el contraluz.

Me detengo a unos metros detrás de él, esta vez su mano izquierda está abierta, gira un poco la cabeza, buscándome. El no logra verme, la noche me ha cubierto totalmente. Yo, en cambio, no logro vislumbrar  su rostro. Qué desesperación!

Sol, te ruego que no te escondas todavía, déjame ver el rosa radioactivo en sus ojos antes de que venga la noche.

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