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La más grande ironía

Hoy amanecí con la desconfianza entre los dientes, con el amargo sabor de la soledad descansando sobre mi lengua, tiritando de frío, con los ojos completamente secos y los labios en coma. Hoy me desperté con la fotografía de mi muerte en el pensamiento, no sé si les ha pasado esto que a mí frencuentemente, de imaginar mi muerte de formas diversas pero siempre como quien observa una polaroid recién hecha. A veces cuando estoy tomando el café me veo muerto sobre el pavimento, cuando me ducho me veo en la cama de un hospital, cuando camino por la calle imagino que en cualquier momento alguien me sorprenderá con un revolver por la espalda, otras veces, la mayoría, me vi muerto por mis propias manos. Cuando la polaroid fatal viene a mi mente normalmente no me asusto, soy conciente de que tarde o temprano algo pondrá fin a esto que llamamos vida, sin embargo sueño con una muerte que no me duela, sueño con una muerte que me permita degustarla hasta el último segundo de aire.

Hoy amanecí con el frío entre los huesos, con hambre de tener hambre, con mi descendencia seca en la punta del pene, con los bronquios que duelen de tanto aspirar el humo letal de la desidia. Hoy me reconozco más que cualquier otro día, hoy me desperté resignado a esto que soy. Hoy no hay mañana. Hoy amanecí con la pereza de soñar con un futuro. No quiero poner más cruces en el calendario, no quiero esperar el momento en el que me caerá del cielo la felicidad. No quiero esperar el día ese del que todos hablan, el día en el que me levantaré con el sol en la frente. No. Hoy estoy cansado. Estoy cansado también de dormir, de drogarme con la idea de desconectarme del mundo cada noche, para luego darme cuenta en el sueño de que del propio subconciente es imposible desconectarse, allí está siempre latiendo, allí está siempre atormentándome con sus miedos, con sus paranoias. No vale la pena tampoco dormir desde que la tristeza me acompaña.

Hoy amanecí con la vida que se me cae del pelo, con la saliva guardada en el armario, hoy amanecí largando la primera esperanza con la primera meada del día, tragando la primera nostalgia con el primer sorbo de café, olvidando mis sueños de niño debajo de la almohada. Hoy amanecí sin ninguna fe. Hoy amanecí sabiendolo todo del mundo sin dejarle ningún espacio a la sorpresa. Hoy amanecí apestando a autocompasión

Sin embargo y a pesar de todo, hoy amanecí.

En la vida

En la vida. Recuerdo con clara memoria aquella tarde en la finca, un calor atróz sofocaba el ambiente, la arena y las hojas secas de los palitos de mango cubrían el piso. Una hamaca mecía un bebé durmiendo, el amo y señor del único abanico. Los demás niños estaban jugando cerca de las vacas, yo preferí quedarme sola con mis muñecas dentro de la casa, cerca del abanico.

Un zumbido desesperado.

Una mosca gigante trataba de salir de la casa por una de las ventanas. Para la mosca allí fuera estaba el jardín, no requería mucha astucia para saber que allí fuera se encontraba su espacio natural, donde no hay techos ni paredes, sólo árboles, flores, agua, viento, sol. Pero este vidrio transparente la separaba de su ideal. Depronto entró a la casa atraída por el olor de la comida, pero una vez satisfecha era hora de volver al hábitat.

Hoy, 20 años después, me siento exactamente igual a esa mosca. Me golpeo una y otra vez contra este vidrio que me separa del jardín. A veces doy vueltas por la casa, busco comida, observo al niño que duerme en la hamaca, pero tarde o temprano siento esta imperiosa necesidad de salir de este encierro. Cómo hace una simple mosca para atravesar un vidrio?

Cómo hago yo para atravesar el umbral de la vida?