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De viaje por la ciudad

Simbiosis 2

La ciudad es siempre inmensa, por más chica que sea. Mientras sea ciudad siempre será una selva de cemento, casi tan oscura, compleja y peligrosa como la selva real. Animales de todo tipo algunos de piel y hueso, otros de metal y motor, caminos difíciles, rincones oscuros, rincones claros, caras en cada esquina y caras en cada árbol. Largos caminos llenos de obstáculos para volver al refugio. Sin embargo es otro mundo. Pues mientras en la selva el aire es pureza extrema y la comida naturaleza pura, una manada de sensaciones que alimentan el cuerpo y el espíritu y que nos hacen aprender a vivir cada experiencia sensorial al máximo, la ciudad en cambio nos obliga a cubrir nuestros olfatos de grandes nubes de humo negro, tapamos nuestros oídos con Ipods o simple imaginación para no tener que distraernos con el insoportable sonido de las bocinas, evitamos el roce con superficies contaminadas y la comida que encontramos en ella es siempre alguna mezcla química. La ciudad nos obliga a alejarnos de ella lo más que podamos, pero dentro de ella, debemos concentrarnos tanto en nosotros mismos, en nuestras casillas, en nuestras mentes, en nuestros negocios, para no volvernos locos, nos obliga a la introspección y a la apatía a lo externo. La selva es todo lo contrario, nos obliga a sentirla sensorialmente, a abrir nuestros sentidos a la sensibilidad más alta que consigamos, es ella quien nos brinda las pistas para el camino. La ciudad es confusa, como es confuso el ser humano, zonas lindas y zonas feas, unas peligrosas y pobres, otras ricas y elegantes, unas políticas, otras recreativas; si un cerebro pudiera pavimentarse… sería una ciudad.

Y esta ciudad no me agrada, no se alinea con las calles de mi personalidad, ni con las avenidas de mi pensamiento. Acostumbrarse a un lugar distinto en todos sus aspectos nunca es fácil, es entretenido y vale la pena intentarlo, siempre y cuando se consiga un bienestar. Pero no siempre es así, a veces por más que lo intentemos no logramos acomodarnos a ciertos lugares, incluso, aunque los disfrutemos.

Por ejemplo, no hay día que no me impacte el aplomo y el respeto con los que los dos indígenas, hombre y mujer, que trabajan en labores de aseo de la oficina y que no miden más de 1,50 mts, me saludan cada mañana. Un cálido temor, acompañado de un gran respeto y de una desarmante sumisión. No llegaré a comprender jamás sus miradas, tan profundas y tan inocentes a la vez, así como nunca podré olvidarlas, y al recordarlas, cada vez, encantarme.

No me resulta fácil relacionarme con estas personas, y siendo que las personas son la personalidad de la ciudad,  pues con la ciudad misma. Soy exactamente como el pelícano de la foto. Un ave de mar, chocándose contra la antena del celular, los postes de luz, y los edificios. Por más que lo intente, nunca logrará su paz en medio del caos. Y yo por más que lo intente nunca me voy a acostumbrar a la maldita nube negra que toce cada automovil. Quiero aire de mar. Y punto.

Ingaro el Yachak – Historias Selvàticas -

Le pregunté a mi tio qué cocinaba. Lo que pude ver en la olla eran algunas raices sumergidas en un liquido que se tornaba rojizo. El no quiso responder, me sirvio un vaso con el bravaje aun caliente, y me pidio que le preguntara a mi padre si estaba listo para tomarlo. Al llegar a la casa con el brevaje en las manos, mis padres se miraron  mutuamente a los ojos, sorprendidos y un poco temorosos. Sin darme la autorizacion para beber el liquido, pero tampoco sin prohibirmelo, con pocas palabras – como suele hablar mi padre – dejò a mi albedrio la decisiòn.

Caìa la noche. La selva empezò a abrirse frente a mis ojos. Mi madre me tomò de la mano, me sentò en el medio de la gran cabaña. Tarantulas diminutas corrian por todo mi cuerpo, mientras que el calor de una tarantula gigante reposaba sobre mi cabeza. Las palmas del techo de la cabana en realidad eran plumas de colores brillantes y hermosos. Y en ese momento fue cuando todos mis ancestros empezaron a llegar uno a uno. El abuelo de mi madre el gran yachak, el mas famoso, llegaba con atuendo de rey, venia acompanado de un gran tigre. Mis tios, los hermanos de mi padre tambien acudieron al encuentro, cada uno con sus coronas y sus auras de fuego, se acercaban a mi y me daban su bendicion.

“Este es tu poder. Esta es tu sabiduria, la sabiduria de nuestro pueblo, de la Sacha, de los espiritus de la selva, de tus antepasados” Me dijo mi abuelo entre sus cantos. Mi padre quien dormìa, acudiò tambien a mi iniciaciòn, sonreia y me daba la bienvenida a este camino. Yo, Ingaro Gualinga, habìa nacido con el don de los Yachak, de los sabios, de los shamanes.

shaman

Ingaro inicia a un niño en la sabidurìa amazònica

Serìan las seis de la mañana cuando mi madre me encontrò en el mismo lugar donde me habrìa dejado unas diez horas antes.

Tendrìa diez u once años cuando Ingaro Gualinga tuvo su primera experiencia con el Jayawaska, planta sagrada de los pueblos indigenas suramericanos. Relata su visiòn como si hubiese sido ayer, y como si hubiese sido una experiencia real, pues para èl, el mundo del jayawaska es de lejos el mundo real, es el mundo puro, donde nos vemos los unos a los otros, no por nuestros rostros fìsicos, sino por nuestros espiritus. Por medio de cantos, Ingaro invoca a los espiritus de la selva, son ellos quienes protegen la ceremonia, y le confieren el poder de la sanaciòn espritual.

Ingaro hoy tiene 47 años. Camina como cualquier otro por las calles de las ciudades. Para los ojos de la gente de cemento es uno màs, no es nadie. Cuando Ingaro vuelve a la selva, es uno de los mejores guerreros en el uso de la cerbatana y la lanza. Sabe adentrarse en la selva por dias, caminar kilometros, dormir en cambuches fàbricados por èl. Conoce el canto de los pàjaros, y se comunica con ellos – el colibrì, por ejemplo, le advierte la presencia de serpientes peligrosas.

El padre de Ingaro de 89 años es el ultimo Yachak de su comunidad. Es respetado por todos, y gente de todo el mundo acude a sanarse con èl. Ingaro, en cambio, es el ultimo “joven” que decidiò seguir el mundo de los dioses del Amazonas.

O quizàs, fueron los mismos Dioses de la Sacha quienes lo eligieron para dicho ministerio.

Contacto Ingaro aquì.

Sabino Gualinga, Yachak