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Fotografías de una dignidad ausente

Silencio

Una cercana trompeta invisible sale de alguna de estas direcciones, en alguno de los números de estas casas antiguas en medio de la noche. Es Domingo, 10 de la noche en la fría capital andina, uno que otro automóvil cada tanto, la soledad que abunda, la noche que es sólo frío, eucaliptos, montañas, luces tenues, casas viejas y esa increíble trompeta solista. Algún artista esa noche sentía lo mismo que yo, sólo que en lugar de salir a caminar y observar la ciudad, se encerró en su paraíso con su instrumento. La sola idea de estar convencida de la existencia de esa persona que esa noche tocaba la trompeta y que esa existencia por alguna razón estaba conectada a la mía por ese instante de electricidad cósmica, me pone la piel de gallina.

Hambre

Bebé Peruano

Serían exactamente las 12 del día en la mitad del mundo. El sol reventaba el cielo y nuestras pieles. Sentir el ecuador y su sol es realmente una experiencia indescriptible, siendo la única línea imaginaria que existe y que se siente. No como el prepotente meridiano de Greenwich, obra máxima del ego europeo, que rige la hora, el tiempo y los ciclos de nuestra vida, de una manera tan cuadrada y represiva, bajo el calendario gregoriano, otra invención europea. Me percato entonces de la presencia de aquella mujer indígena bastante jóven aún, sentada en la esquina. Camino y paso cerca de ella tratando de observarla sin que se sienta agredida. La mujer tiene el torso semidesnudo dejando ver esas estrias aún rojas en su vientre mientras que con un movimiento sutil extrae de su pezón izquierdo su leche de hermbra madre, lo está envasando en un tetero y ya ha cargado más o menos la mitad del recipiente. Busco inmediatamente al recien nacido en los alrededores, pero no lo veo. Ella está sola.

Auto condolencia

Llegó al bar aquel compatriota pintor que desde hace un tiempo juega con mi cara diseñando locuras en su faz. La última locura fue mía, quería una franja roja recta sobre mis ojos, como una especie de antifaz. Con el paso del tiempo y de la noche lo que al comienzo se veía como un maquillaje futurista, el sudor de mi cara lo había convertido en un maquillaje tribal e indígena. Cerramos el bar temprano con la idea de ir a uno de esos bares que cierran tarde, y así fue. Había olvidado completamente que llevaba esta pintura en mi cara, con la cual era imposible pasar desapercibida, hasta que por la calle las miradas no disimulaban su sorpresa. Una vez en el bar un pobre borracho cuarentón se me acerca y me dice: “Te galantearía sino estuviera de pelea con el maldito mundo”. Y se alejó para quedarse en un rincón con la mirada fija en su propia lástima.

Incomprensión

El fantasma de la Libertad, Bruno Volpez

Las 4 de la tarde en pleno centro histórico, un lugar que ha oído las historias más valientes como las más sórdidas. Un lugar que no es de nadie y que cuya esencia ha trascendido de quienes lo habitan. De alguna esquina se sentía el barullo de la gente cuando se congrega. Esta vez eran todos jóvenes, con uno que otro adulto tratando de comprender, porqué estos chicos y estas chicas de rasgos indígenas se visten como raperos neoyorkinos y se dejan hipnotizar por un ritmo monótono y corriente, escuchando palabras que pasaban por sus cerebros como ráfagas. Algunos se íban, otros se quejaban, unos pocos realmente se quedaron a escuchar:

Un pueblo escondido en la cima,
mi piel es de cuero por eso aguanta cualquier clima.
Soy una fábrica de humo,
mano de obra campesina para tu consumo
Frente de frio en el medio del verano,
el amor en los tiempos del cólera, mi hermano.
El sol que nace y el día que muere,
con los mejores atardeceres.
Soy el desarrollo en carne viva,
un discurso político sin saliva.

Si la dignidad es sólamente humana… entonces?

Lo que vi esa noche quedará grabado en mi memoria, grabado como después de una tortura con choques eléctricos.

En un país desconocido, pero conocido al mismo tiempo, llegué sin un plan, sin una guía, sin una idea. Me dejé llevar por el fluir del viento hacia donde él quisiera llevarme. Así terminé allí esa noche, preguntándome una y otra vez el porqué de mi desdichada suerte. Debo admitir que no fue sólo la noche, desde la mañana la cosa empezaba a tomar forma. Como una buena extranjera no tenía ni idea dónde iba a terminar tal desenfreno.

La excusa es una sola palabra: Carnaval. Y realmente después de esta experiencia ahora tengo dudas de lo que yo creía, era el carnaval; una muestra folclórica y cultural de un lugar. Pero va mucho más allá de eso fuera de los límites de mi ciudad. Cada pueblo del mundo tiene un carnaval y la justificación no es más que una, el desaforo y la violación de las leyes, al menos por un día. Debo reconocer que para violar las leyes en mi ciudad no se necesita esperar a un día especial en el año, se violan cada minuto a diario, y la gente tampoco necesita un día en especial para ser alegres y espontáneos. Caso contrario, a mi punto de vista, el de los pueblos andinos. Uno que vive acostumbrado a verlos siempre tranquilos, silenciosos y sumisos, es verdaderamente shockeante verlos fuera de sus ropas de siempre.

Pasa que Latinoamerica no es Venezia, aunque en algunos lugares se ha logrado educar a la gente alrededor de la conciencia y la convivencia en el carnaval, pareciera que muchos otros pueblos de nuestro continente -  gracias a nuestra historia de colonización -  han olvidado realmente sus culturas, para “asemejarse” o “mal imitar” comportamientos occidentales carnestoléndicos que poco tienen que ver con nuestras verdaderas tradiciones. Nuestras culturas contaminadas por un catolicismo represor y malvado, requiere necesariamente de un espacio que permita burlarse de Dios, de los curas, de la represión sexual, etc. Tanto que el carnaval se rige por la semana santa, y ésta directamente por la luna.

Ha sido entonces el legado religioso occidental que ha propendido por la desaparición de la dignidad, como de todos los males actuales de la humanidad. No se trata de esta gente, o de este pueblo andino en particular. Es una secuela dolorosa de una sociedad que logró acaparar al mundo con sus virtudes, pero también con sus defectos. Mientras que antes de la conquista, nuestras sociedades ofrecían fiestas al sol y a la luna, a la fertilidad, y a la naturaleza, los occidentales se revolcaban en el delirio y la desesperación que les provocaban los diez fatídicos mandamientos, las reglas de oro que han tratado de recortar nuestra autonomía hasta el punto de hacernos sacrificar cualquier cosa con tal de gozar al menos de un instante de completa libertad.

Entra entonces la pregunta sobre la libertad. Todos fuimos libres, desde los griegos a los aztecas, desde los mongoles hasta los nórdicos. La primera representación escrita del concepto “libertad” se cree que es la palabra cuneiforme sumeria Ama-gi. Se cree que es la primera instancia de los seres humanos utilizando la escritura para representar a la idea de “libertad”. Traducido literalmente, significa “volver a la madre” , No volver “al Padre” (divino, celestial e invisible). La frase volver a la madre, pienso yo, se refiere a la madre naturaleza, a la naturaleza humana. Y es propio de ella y únicamente de ella: la libertad y de la mano la dignidad.

Escuché decir a un viejo sabio, que la “dignidad” es el único valor que en la naturaleza únicamente se puede atribuir al hombre. Es decir, un perro puede ser tierno, un gato grosero, un delfín inteligente y etc – al menos así me lo enseñaron las fabulas- pero la dignidad es esa característica únicamente humana que se nos atribuye justamente al hecho de poseer un pensamiento y una personalidad propia. Es el sentimiento, que como indica su nombre en latin dignus, hace referencia a la cualidad humana de sentirnos valiosos, gracias al raciocinio y al ejercicio de la libertad.

Ahora bien, está más que claro que la dignidad no siempre ha tenido el significado que tiene. Desde siempre ha habido gente capaz de sacrificar su dignidad por comida, o techo, o… no sé qué más. Y el mundo moderno no es la excepción, por el contrario. Dicho esto, me cuestiono todavía, si es el carnaval una excusa para perder la dignidad sin necesidad de hacerlo.

El degenere comenzó a las 1o am más o menos, cuando un grupo de gente empezó a agruparse a lo largo de una de las calles de la ciudad – o del pueblo diría yo, aunque signifique un insulto para sus habitantes – a las 2 de la tarde comienza un “desfile”, desfile que a la gente poco interesaba, la cultura no era el valor principal del encuentro. La cultura de este lugar se reducía a una sola cosa: la espuma. La diversión era bañar a la gente desconocida, de cualquier edad con este químico tóxico, directamente en los ojos. Pero, estamos en Carnaval!!! decían, pero y dónde queda la tradicón, la música, el folclor?? Los grupos folclóricos indígenas que bailaban en el desfile, luchaban con la muchedumbre para hacerse paso, mientras tenían que soportar a cientos de personas agrediéndolos con espuma, tinta,  agua y demás sustancias líquidas.

Realmente es fuerte la dececpción que se vive de la raza humana cuando se le ve agredirse a si misma, cuando el valor intrínseco con el que nacemos se ve olvidado, o quizá nunca aprendido.  El carnaval parece representar el deseo de la gente de renunciar a su condición humana, porque aunque la locura es también una condición humana, es elogiada justamente por su carácter intelecutal… La pérdida de la dignidad no obedece a la locura, obedece a la ignorancia, pero sobre todo al rechazo de la propia razón, de la personalidad y del verdadero sentido de la libertad.