Le pregunté a mi tio qué cocinaba. Lo que pude ver en la olla eran algunas raices sumergidas en un liquido que se tornaba rojizo. El no quiso responder, me sirvio un vaso con el bravaje aun caliente, y me pidio que le preguntara a mi padre si estaba listo para tomarlo. Al llegar a la casa con el brevaje en las manos, mis padres se miraron mutuamente a los ojos, sorprendidos y un poco temorosos. Sin darme la autorizacion para beber el liquido, pero tampoco sin prohibirmelo, con pocas palabras – como suele hablar mi padre – dejò a mi albedrio la decisiòn.
Caìa la noche. La selva empezò a abrirse frente a mis ojos. Mi madre me tomò de la mano, me sentò en el medio de la gran cabaña. Tarantulas diminutas corrian por todo mi cuerpo, mientras que el calor de una tarantula gigante reposaba sobre mi cabeza. Las palmas del techo de la cabana en realidad eran plumas de colores brillantes y hermosos. Y en ese momento fue cuando todos mis ancestros empezaron a llegar uno a uno. El abuelo de mi madre el gran yachak, el mas famoso, llegaba con atuendo de rey, venia acompanado de un gran tigre. Mis tios, los hermanos de mi padre tambien acudieron al encuentro, cada uno con sus coronas y sus auras de fuego, se acercaban a mi y me daban su bendicion.
“Este es tu poder. Esta es tu sabiduria, la sabiduria de nuestro pueblo, de la Sacha, de los espiritus de la selva, de tus antepasados” Me dijo mi abuelo entre sus cantos. Mi padre quien dormìa, acudiò tambien a mi iniciaciòn, sonreia y me daba la bienvenida a este camino. Yo, Ingaro Gualinga, habìa nacido con el don de los Yachak, de los sabios, de los shamanes.
Serìan las seis de la mañana cuando mi madre me encontrò en el mismo lugar donde me habrìa dejado unas diez horas antes.
Tendrìa diez u once años cuando Ingaro Gualinga tuvo su primera experiencia con el Jayawaska, planta sagrada de los pueblos indigenas suramericanos. Relata su visiòn como si hubiese sido ayer, y como si hubiese sido una experiencia real, pues para èl, el mundo del jayawaska es de lejos el mundo real, es el mundo puro, donde nos vemos los unos a los otros, no por nuestros rostros fìsicos, sino por nuestros espiritus. Por medio de cantos, Ingaro invoca a los espiritus de la selva, son ellos quienes protegen la ceremonia, y le confieren el poder de la sanaciòn espritual.
Ingaro hoy tiene 47 años. Camina como cualquier otro por las calles de las ciudades. Para los ojos de la gente de cemento es uno màs, no es nadie. Cuando Ingaro vuelve a la selva, es uno de los mejores guerreros en el uso de la cerbatana y la lanza. Sabe adentrarse en la selva por dias, caminar kilometros, dormir en cambuches fàbricados por èl. Conoce el canto de los pàjaros, y se comunica con ellos – el colibrì, por ejemplo, le advierte la presencia de serpientes peligrosas.
El padre de Ingaro de 89 años es el ultimo Yachak de su comunidad. Es respetado por todos, y gente de todo el mundo acude a sanarse con èl. Ingaro, en cambio, es el ultimo “joven” que decidiò seguir el mundo de los dioses del Amazonas.
O quizàs, fueron los mismos Dioses de la Sacha quienes lo eligieron para dicho ministerio.





